EL 13 DE ABRIL, hace 100 años, nace en Dublín Samuel Beckett, secretario de James Joyce, Premio Nobel de Literatura, y autor de Esperando a Godot, una de las cumbres del llamado teatro del absurdo, que revolucionó la estética literaria y el lenguaje escénico del teatro actual, en que el hombre aparece como un ser abandonado a la existencia, cuya vida desemboca en la muerte, sin otra salida ni sentido que el vacÍo y el silencio. En la original Attendant Godot , estrenada en París en 1953, hasta los aspectos pretendidamente humorísticos se tornan en trágicos, entre la alternativa de Godot, que no llega, y el suicidio, que no se materializa, de suerte que, cuando se rompe la cuerda «nos ahorcaremos mañana [Pausa]. A menos que venga Godot» y, si llega, «nos habremos salvado», y, en cualquier caso, no podemos irnos («si nos vamos nos castigará»), pero todo, la cuerda incluida, es inútil, porque Godot no llega. La acción dramática y el escenario son mínimos, lo que aumenta la angustia, mientras que los diálogos entre los dos personajes -vagabundos, solitarios y opuestos- son incompletos, para plasmar la incomunicación humana, importando más los gestos incluso que las palabras, que, por lo demás, son incompatibles entre sí, como cuando, al final, los protagonistas dicen que se marchan y la acotación precisa que «No se mueven». La espera -junto a un árbol- a Godot, que debe llegar antes del anochecer, es una farsa existencial que bascula entre la promesa de conseguir la ilusión última de la vida; la obsesión con el paso del tiempo («la vida es breve y la ciencia larga»); la levedad de la existencia humana y la situación absurda que pretende el autoengaño de la felicidad que, aparte de no ser de este mundo, nunca llega, y, además, sigue enviando diariamente al Muchacho como mensajero para decir que no va y que lo hará al día siguiente. En estos momentos de comienzos de siglo de ausencia de valores morales, exceso de cinismo y materialismo y mínimo sentido patriótico, como dijo Ortega y Gasset «inclusive cuando desesperados, nos abandonamos a lo que quiera venir, hemos decidido no decidir». En realidad, el número de lágrimas es limitado y cuando alguien deja de llorar es porque va a llorar otro. ¿Qué nos queda? Pues eso, esperar a Godot.