COMO el Guadiana. De vez en cuando un parlamentario pregunta por el estado de la pobreza y todos nos rasgamos las vestiduras al comprobar que la cuestión va a más. Los que más saben de la pobreza son las buenas gentes de Cáritas que de vez en cuando escandalizan al personal con unos informes capaces de sonrojar a los gobiernos, sindicatos y foros mediáticos. ¡Curioso! De esto nunca le he visto opinar a Cuevas. Lamentablemente, la memoria de esta sociedad dura apenas quince días. Así que para Semana Santa nadie volverá a comentar que en Galicia hay casi 600.000 personas que no superan el umbral de la pobreza, si bien es peor en Canarias, Murcia, Castilla, Andalucía o Extremadura. Cínicamente, decía un profesor que «quedaba muy bien en la cartera una foto dándole un beso a un pobre». O aquella pasada de «ponga un pobre en su mesa esta Navidad». Presumo de haber trabajado en El Pozo y en la UVA, en el Madrid del seiscientos y el Opus administrando las divisas de turistas y emigrantes en Alemania. Me cuentan los viejos colegas de Cáritas que cada vez hay más pobres vergonzantes. Gentes que por pérdida de empleo a la madurez o viudedad, pasan todo tipo de privaciones en silencio, hasta que Cáritas descubre su portal y les ayuda a sobrevivir. En el centro de Vitoria, a escasos metros del Parlamento, hay dos esculturas de mi amigo Ibarrola. La Mirada es una obra que permite una perspectiva de la plaza donde se conmemora la batalla del general Álava contra los franceses. Hombro con hombro es un hermoso mural donde los humanoides del gran Agustín simbolizan el movimiento obrero por la dignidad y la libertad. En estos lugares se ha llamado para que la juventud haga botellón. El alcalde, del PP, lo prohíbe y lo descalifica, en una ciudad que como tantas otras, según los estudios del Instituto de la Juventud, no encuentra una alternativa de ocio para la población de entre 15 y 29 años más barata y socializante que frene el éxito del botellón, donde alcohol, música, amistad e independencia se consigan por tres euros. Al precio y a la calidad del calimocho hay que añadir el atractivo que produce el grito de la vieja y hoy recordada comuna parisina del 68, «Se prohíbe prohibir». Mientras, el plenilunio nos ha traído más pateras con jóvenes que no acudirán a ningún botellón. Y es que a todo, incluso a lo peor, siempre hay quien gane.