LA ESTUPEFACCIÓN desatada por las posiciones políticas del cuarteto dirigente del Partido Popular (Rajoy, Acebes, Aguirre, Zaplana) a lo largo de esta semana presenta tantas vertientes y alcances que difícil resulta sintetizarla. Alcances y aristas que se hacen especialmente molestos cuando en días de aniversario uno escucha, que no oye, a las víctimas en su yo personal, trascendiendo a sus representantes y dándonos la verdadera dimensión de su tragedia. Mientras tanto, el discurso popular iniciado en la inmediatez de la tragedia, selección interesada y alterada de la realidad, se mantiene y amplía. Se galopa hoy hacia la implicación en un complot, por acción u omisión, no solo de políticos, partidos, Administración pública y cuerpos de seguridad, sino incluso de las autoridades y procedimientos judiciales. Con desprecio de anular tales actuaciones. Al amparo de encontrar la causa última, o en dogmático eslogan, identificar al autor intelectual. Estrategia acorde, evidentemente, con la revitalización impositiva del dogma creacionista, publicitado hoy como diseño inteligente, frente a la siempre insuficientemente probada teoría, conocimiento neutro, de la evolución darwiniana, amén. Obviamente, el perceptible baile de la yenka entre el centrismo y la derecha del primer dirigente del PP queda subsumido en el discurso dogmático de sus actores secundarios. Por eso no sorprende que respondan a los mismos objetivos el Estatuto catalán y la visión de Cataluña, una operación financiera e industrial, un programa de cooperación en África, y, por supuesto, el mayor atentado terrorista de nuestra historia y su reiterada manipulación política. No molesta que tales actores se sometan ellos, su partido y sus expectativas de futuro al castigo de uno o un ciento de malos telediarios, en palabras de Enric Juliana, consecuencia de lo provocativo y chabacano de sus posiciones y argumentos, sino que actúen tal como cuenta Ángel González: «Lo importante es la rígida firmeza en el error. Pues las mentiras viejas se convierten en materia de fe, y de esa forma quien ose discutirnos debe de afrontar la acusación de impío. Que, en cierto modo, creer con fuerza tal lo que no vimos nos invita a negar lo que miramos».