MANU ha llorado. Con esa lacónica frase me recibió mi hija Helena el otro día cuando fui a buscarla a la guardería. Indagué y averigüé que el tal Manu había llorado porque ella le había zurrado y le expliqué que eso, evidentemente, no se hace. Después reflexioné sobre el incidente en un intento por calibrar todas las actividades intelectuales que había puesto en juego mi pequeña. Para empezar, había identificado una pauta o una instrucción moral: no hay que pegar a los demás. Además, había sido perfectamente consciente de la conexión causal golpe-daño-llanto y, en tercer lugar, se había percatado de que muy probablemente sus padres nos íbamos a enterar de sus andanzas, así que decidió adelantarse a otras posibles informaciones contando ella misma lo sucedido. Los periodistas sabemos lo importante que es dar tu versión de los hechos cuando se te va a juzgar por algo. Helenita, a sus dos años, parece que ya ha aprendido esta lección. Por último, la niña hizo una narración de los hechos que sólo incluye la secuencia final, el llanto de Manu, y supuso, muy agudamente, que yo sería capaz de reconstruir todos los pasos anteriores, pero evitó ponerlos de manifiesto para suavizar su relato de cara a la más que probable reprimenda. Esto supone que mi Helenita es capaz no sólo de reconstruir sus procesos mentales, sino los de quien escucha su relato. Una verdadera exhibición de pensamiento complejo. Ante esto, sólo queda exigir que se imparta filosofía desde Educación Infantil.