YA HACE muchos, muchos años, que unas niñas gallegas, muy inquietas e imaginativas, jugaban a medir lo que ellas llamaban halimósferas . «Hoy tengo por lo menos 80 halimósferas», le decía una a la otra tras echar una bocanada de vaho sobre la mano medio cerrada, aspirando el olor. Treinta años más tarde, su «invento» se ha hecho realidad. Resulta que hay en Expodental, una feria de estomatólogos que se celebró en Madrid (ya hay ferias para todo), en el que se ha presentado como gran novedad un aparatejo llamado Halimeter, que detecta la halitosis desde el nivel 1 (baja intensidad) hasta el 4 (intensísimo). Lo que aquellas niñas veían como una cosa tan lógica como imposible estará dentro de poco en las estantería de las tiendas de electrodomésticos, entre los medidores de tensión, de pasos recorridos, de peso corporal, etcétera. La tecnología permite cuantificar casi todo, pero aún quedan muchas cosas por expresar numéricamente. No hay medidores de cariño, ni de simpatía, ni del rechazo que puede generar una persona en otra en cuestión de segundos. No importa, porque medir no soluciona nada, sólo constata un hecho. En el caso del Halimeter, lo que se evidencia en nariz ajena. Dicen los expertos que una de las principales causas de este desagradable problema es el estrés, así que, tranquilidad y ante todo, mucha calma. Y para inventos de medición estúpidos, no nos olvidemos del aplausómetro. Ese sí que es un avance científico de gran calado.