Tras las victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero, y en medio del clima de violencia que se vivía, el nuevo Gobierno procedió a cerrar los locales de Falange. José Antonio, que había perdido su escaño y, en consecuencia, la inmunidad parlamentaria, fue detenido acusado de «quebrantamiento de clausura gubernativa» de la sede se su partido en Madrid.
13 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Triunfante el Frente Popular en las elecciones generales del 16 de febrero de 1936, estaba claro que el nuevo Gobierno iba a decidir la detención de José Antonio Primo de Rivera, jefe de Falange Española de las JONS. El hijo del ex dictador había perdido su inmunidad parlamentaria al no poder revalidar su escaño de diputado (en Madrid, donde se presentó, sólo obtuvo dos mil y pico de votos), a lo que había que unir la escalada de atentados que estaban protagonizando los militantes de su partido, el último de ellos, el sufrido por el catedrático y diputado socialista Luis Jiménez de Asúa, el 12 de marzo, en el que murió su escolta, Jesús Gisbert. Dos días después, José Antonio fue detenido en su casa de Madrid. En la Cárcel Modelo se encontró con los principales dirigentes de su partido, como Ruiz de Alda, Fernández Cuesta, Sánchez Mazas, David Jato y Eduardo Ródenas. Fueron acusados de haber roto los precintos gubernativos que sellaban desde el 27 de febrero sus oficinas centrales, aunque el inspector de guardia en la Dirección General de Seguridad firmó el oficio de detención consignando, más brevemente, en el impreso de Primo de Rivera: «Detenido por fascista». Al poco tiempo, la Dirección de Seguridad fue un desfile de personajes de la derecha, que acudieron para ofrecer ayuda a los detenidos, como Melquíades Álvarez, Calvo Sotelo, el conde de Vallellano, Esteban Bilbao, el conde de Mayalde, Antonio Goicoechea y Serrano Súñer. Cuando en la Dirección General se le preguntó quién había roto el precinto de su sede central, José Antonio, que alternaba sus ataques de ira con frases irónicas o chulescas, contestó: «El precinto lo rompió José Alonso Mallol (el director de Seguridad) con sus cuernos». Ello le valió otra acusación por desacato a la autoridad. Al principio, los presos no lo pasaron mal, pues jugaban al fútbol y al ajedrez, e incluso editaron, con la benevolencia de varios funcionarios, una revista, que titularon No Importa. José Antonio, además, empezó a escribir una novela, El navegante solitario, y una obra teatral de contenido sociopolítico. El líder falangista sufriría en esta primavera caliente del 36 varios procesos. En uno de ellos, José Antonio, que, como abogado, se defendía a sí mismo, calificó al tribunal de canallas y farsantes, se quitó la toga y destrozó su birrete diciendo: «Si esta es la justicia española, yo renuncio a servirla». José Antonio ya no saldría más a la calle. A primeros de junio fue trasladado con su hermano Miguel a la cárcel de Alicante. Antes, a finales de abril, escribió la Carta a los militares españoles, que fue entregada a Manuel Hedilla en la Cárcel Modelo y difundida clandestinamente en las guarniciones. En ella decía, entre otras cosas: «España puede dejar de existir y ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo los valores fundamentales, sin los que es vano simulacro la disciplina. A última hora ?ha dicho Spengler? siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización».