UNA Preferencia cubierta para un suplicio como el Dépor-Real Sociedad vale 30 euros (seis entradas de cine). Apoquinas, y tienes derecho a un asiento de plástico lleno de roña y esquinado. Siguiendo la técnica general, proteges la retaguardia con una revista que regalan y te sientas. Al lado te toca un circunspecto cincuentón de barbita, gafas de titanio, mocasines Sebago y cazadora con logo de tiburón. Rueda la bola. El Dépor domina. Pero barbitas, inquieto, comienza a rosmar contra un chaval de la cantera. Luego, repasa el árbol genealógico de Tristán. Caparrós se asoma a berrear a la banda. Su gabardina también sulfura a barbitas: «Vaya pinta, mi madriña, ¡pareces un titiriteiro!». Llega el descanso. Barbitas, en trance, habla solo: «Esto no acaba bien, xa o digo eu...». La Real marca de churro. Tras repetir seis veces «xa o decía eu», barbitas sufre una enajenación mental transitoria y empieza a blasfemar sincopadamente contra los jugadores, el míster e incluso contra la gran gestión de Augusto César. La remontada no llega. Ya ronco, jala pipas con mirada homicida. Las cáscaras llueven en las chepas de abajo. Final. Tras su terapia de emburrecimiento, barbitas retorna al estado cívico. Cuando llegue a casa, aleccionará a su hijo contra el botellón, ¡ese desmadre!