LAS VENTANAS, ya lo decía el maestro Hitchcock, siempre han sido indiscretas. Eran el ojo por el que contemplar o acechar al otro y el escaparate a través del cual recibir miradas fortuitas o intencionadas. El balcón era la sala de exposiciones, el vergel que actuaba a modo de ceja al proyectar su sombra sobre el muro. La puerta, en cambio, era sorpresa, incógnita de lo que pudiera aparecer al abrirla o recelo de lo que permanecía oculto tras ella. La ventana, en realidad, es un hueco en una pared por el que entra la vida y el cielo, según recomendaba Vitruvio. Puede ser vista, oído, olfato de nuestro cuerpo-habitáculo, mediante la que nos ponemos en contacto con todo lo que se mueve y recibimos cada año trescientas sesenta y cinco luces y sombras diferentes que, si no fuera por las nubes, se repetirían de forma cíclica, como el santoral del calendario. En los templos románicos las ventanas se colgaban arriba para crear la penumbra del temor de Dios. El gótico rasgó los muros hasta alcanzar la estatura humana para dejar entrar la luz mística, mientras en el Renacimiento los huecos competían con los órdenes de columnas en la composición de la fachada. Miguel Ángel fue el mejor arquitecto de ventanas, con su prosa y su poesía conjugadas en ejemplar trampantojo en sus obras en Florencia. El barroco las decoró con sartas de pomas, que Andrade prodigó por Galicia. Dando un saldo en el tiempo, el movimiento moderno abomina del rigor monumental y la ventana, igual que cuatro siglos antes en el muro del convento compostelano de A Quintana, pasa a ser el escueto hueco con el que se compone. Con el rascacielos el conjunto acristalado se hace cortina para crear la transparencia, el exterior se interioriza y el interior se revela, como ejemplificó Mies van der Rohe. La ventana de suelo a techo, nuestra portadaire, o la de doble hoja, la valvada romana, ambas tan racionales, producen al abrirse un quiebro que aligera la continuidad de los paños de piedra que dan a la calle. A la ventana de guillotina nos asomábamos con precaución, temerosos de vernos decapitados; su sucesión da lugar a la galería, esa especie de solario y cámara de aire donde en otro tiempo los abuelos dejaban transcurrir el tiempo y los niños jugábamos. No había ventana sin visillo, era una dualidad casi sagrada; a través de la veladura lanzabas la ojeada e incluso eras capaz de enamorarte, como el recordado José Ángel Valente nos contaba su primer flechazo por la silueta que imaginaba tras el celaje de la casa de enfrente. Los balcones de la posmodernidad han quedado para los pregones y los ascensos a primera división, o para colgar pancartas reivindicativas, y a la ventana urbana casi nadie se asoma. Por ella ya no se cuela el rugido del tráfico, y pasa a ser como la epidermis de nuestra espalda. Sus nombres son menos eufónicos: proyectante-deslizante, oscilobatiente, abisagrada... Pero quedan todavía dos emociones: el vaho de la condensación que deja entrever el exterior en un día de invierno, mientras llueve y las gotas repiquetean en el cristal, nos devuelve nuestro reflejo pensativo y quizá provoca el primer atisbo de lo que es la nostalgia; y esa vela doméstica que es el visillo inflándose en las tardes de los domingos de verano, cuando todos están en la playa y al ceder el calor se levanta una brisa en la ciudad solitaria.