11 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

UN FRANCOTIRADOR siembra el pánico entre los soldados norteamericanos en Irak (La Voz, 5-3): «Espera a que se bajen del vehículo blindado, busca el punto débil entre el casco de kevlar y el chaleco antibalas y dispara certeramente». El kevlar es un plástico descubierto en 1965 por Stephanie Kwolek, que empezó a trabajar en el gigante químico de los Estados Unidos, la DuPont, en 1946 como química de laboratorio con la intención de reunir dinero para estudiar medicina. Posteriormente diría: «Me enamoré tanto de mi trabajo, que se me olvidaron los estudios de medicina y en su lugar continué trabajando en la DuPont». De esta industria química han salido productos tan conocidos como nailon, teflón, licra, etcétera. El kevlar (poliparafenileno tereftalamida) es un polímero (poliamida), constituido por largas hebras de estructura muy regular, que se unen muy fuertemente unas con otras formando láminas planas de extraordinarias propiedades. Es casi inmune a los reactivos químicos, ignífugo, flexible, ligero y más resistente que el acero. Debido a ello tiene una amplia gama de aplicaciones, como los chalecos antibala y los cascos que llevan los soldados americanos desde la guerra del Golfo. Se usa además en blindaje, trajes espaciales, guantes de seguridad (evitan los cortes), barreras de explosiones y llamas, cañas de pescar, raquetas de tenis, esquís, zapatillas deportivas, ruedas, etcétera. Frente a los detractores de la química, el kevlar es un claro ejemplo de química positiva. Así lo pone de manifiesto la asociación de supervivientes del kevlar, a la que pertenecen los más de 3.000 agentes de seguridad que deben la vida a los chalecos antibala.