ESTAMOS como el primer día. Y eso que ya han pasado dos años del mayor atentado de nuestra historia. Aquel que se llevó por delante la vida de 192 personas cuando a primera hora de la mañana de un día como hoy se dirigían a sus lugares de trabajo. El atentado más salvaje y más atroz no ha servido para alinearnos a todos contra el terror. Al contrario. Lo hemos utilizado para resucitar aquellas dos Españas a las que tantas veces se refirió Machado y que antes había retratado Goya con tanto acierto. Dos tarugos hundidos en el fango hasta las rodillas partiéndose el alma a leñazos. Una España de esas se ha pasado estos dos años exigiendo que quienes entonces dirigían el país pidan público perdón. La otra España se los ha pasado negando la evidencia. Una España ha dedicado este tiempo a deslegitimar las elecciones que dieron la victoria a los socialistas. La misma España se lo ha consumido buscando autorías de ficción e inventando tramas imposibles. Una de esas Españas ha intentado cambiar lo acontecido aquella mañana para que la historia quede escrita de otra forma. La misma España que le falta al respeto a las víctimas. La otra España ruge irritada cada vez que se habla de complot. Y así seguimos. Echándonos a la cara, cada diez minutos, quién es más malvado, más desleal y más inconsciente. Y abroncándonos y amenazándonos. Y queriendo demostrar que la razón la exhibe aquél que es capaz de mostrar una actitud más chulesca. Y tratando de obtener provecho personal de aquella locura que nos puso a todos de luto. Dos años es tiempo más que suficiente para hacer el caneco. Para comprobar que este camino no nos lleva a ninguna parte. Por eso hoy mismo, ante el recuerdo de dolor, sería bueno que iniciásemos el camino de la reconciliación. Sería bueno que las dos Españas volviesen a ser una. La de siempre. La que, aún desde la discrepancia, dialoga, razona y se respeta.