CHINA se moderniza. Cada día descubrimos un nuevo paso del gigante en su larga marcha hacia el Olimpo de los Más Poderosos. Con más de 1.300 millones de habitantes no hay quien le haga sombra cuando se trata de competir en mano de obra extensiva y barata. También toma ventaja cuando hay que buscar aliados para asegurarse el suministro energético, sobre todo en zonas en las que Estados Unidos y Europa despiertan recelos. Ni siquiera se queda atrás en conocimientos y tecnología. El Gobierno de Pekín se prepara ahora para dar un nuevo salto en su paradójico modelo en el que conviven el comunismo doméstico con el capitalismo internacional que practica. El régimen quiere acabar con las enormes desigualdades sociales, que ahogan sobre todo a un agro que sigue inmerso en la Edad Media, y pretende consolidar una sociedad «modestamente acomodada». Y convenientemente instruida, para ganarse el favor de los visitantes que llevarán las divisas con motivo de los Juegos Olímpicos del 2008. Pero la modernidad va a tener tachas si para que los chinos no escupan en la calle sólo se crea una policía de buenos modales (ya está vigilando); si para ocultar la crítica se ponen jaulas en Internet (varios blogs han sido clausurados y hasta Google se plegó a la censura para meter la cuchara en aquel goloso pastel), si sigue batiendo récords de penas de muerte (en el 2004 ejecutó a 3.400 reos). No, ése no es el recambio que necesita un orden mundial injusto.