Un botellón es una reunión de una serie indeterminada de individuos que comparten bebidas alcohólicas. A partir de ahí se pueden añadir muchas otras circunstancias, que son muchos, pocos, que hacen ruido o no, que son jóvenes o mayores... Pero lo que define al botellón es que los participantes contribuyen a poner en común bebidas alcohólicas. Normalmente para abaratar costes. Estas últimas semanas se ha puesto de moda agrupar los botellones, hacerlos gigantescos: todos los pequeños botellones en uno formidable. Cuantos más, mejor. Y eso está muy bien, o muy mal, según se mire. Yo no me meto. Pero me pregunto por qué no hubo esta semana, en medio de las cadenas de convocatorias para los macrobotellones, una comparecencia de la administración para presentar los últimos estudios médicos sobre la incidencia del alcohol entre los consumidores por debajo de 16 años, las cifras de menores de 20 años muertos en carretera, los índices que multiplican la posibilidad de sufrir problemas mentales futuros entre los jóvenes consumidores... Hubo unas palabras de la ministra de Sanidad, es cierto, mostrando su preocupación por el fenómeno de los botellones masivos. Las hizo tras comparecer en rueda de prensa para alertar sobre los peligros del consumo de cannabis entre los jóvenes españoles, que sin duda también es inquietante. Pero Elena Salgado y yo sabemos cuál es el verdadero problema, ¿A que sí, ministra?