LA CAFETERÍA estaba casi vacía. Tranquila. Muda. Y en uno de sus rincones, como pintados, padre e hijo compartían desayuno. Miradas. Y silencio. El chaval apenas levantaba dos palmos del suelo. De diez u once años, clavaba sus ojos en los de su progenitor, que se pasó un buen rato aportando a la mesa un mutismo cortante. Y el niño callaba. Como si esperase algo. Como si estuviese seguro de lo que iba a pasar. Hasta que pasó. Papá comenzó a dar una lección magistral sobre la vida. Y se intuía que no se trataba de la primera. En tono al principio firme -luego casi desencajado- fue soltando su munición. Y el niño callaba mientras papá le espetaba un «pareces tonto» combinado con un «me da igual lo que te esfuerces si no te sirve para nada». Era un monólogo sobre que «debía» ser el mejor. Que «debía» ser siempre el primero. Que si hacía falta, no se dormía por las noches. Que si no, iba a atarse al fracaso perpetuo. Que iba a ser una vergüenza. Y el niño callaba. Ya no podía retener los goterones en los ojos. Pero callaba. Aguantaba el tirón en una cafetería ante cuatro desconocidos sonrojados. Papá ya se había despachado. Hasta que el niño habló. Con mirada roja de lágrimas y confundida levantó levemente la voz. Le preguntó a papá en qué consiste el éxito. Si él lo tenía. Y dónde lo guardaba. Le preguntó por qué estaba siempre gritando y de mal humor. Y si él debería ser también así. Para hacer las cosas bien. Y papá, al fin, se calló.