MANUEL FRAGA ocupó ayer su nuevo escaño en Madrid y declaró que considera muy acertada la reforma del Senado auspiciada por Rodríguez Zapatero. Parece mentira que el aire fresco a la política española, siquiera en la foto fija de este gesto, llegue de un veterano de todas las batallas. Escuchar a un político que los otros, los adversarios por definición, tienen razón, y además la tienen en una cuestión importante, es tan poco frecuente que llama la atención. Aquel Fraga de «la calle es mía», frase cuya paternidad ha negado en alguna ocasión, ha pasado a ser un hombre de la calle. En las relaciones comerciales o sociales, en las relaciones académicas o de otro tipo, no se niega sistemáticamente al que tiene una posición diferente. Cierto que Fraga ha dado semejante opinión en otras ocasiones. Ahora tiene más valor porque en su mano está uno de los votos que decidirán sobre el asunto que suscita. Por si fuera poco, reconoce que Aznar, que ha sostenido un criterio diferente al del ex presidente de la Xunta, y el propio Zapatero, contemplan la reforma de la Cámara en función de la mayoría que salga de unas elecciones generales. Cabe sobreentender que no es su caso, ya que ha añadido que el Senado tiene que funcionar bien para todos. Doy por hecho que, en concordancia con la tesis que sostengo, más de uno me anotará en la lista de los fraguistas irredentos, no sé si incluso en las filas de esos a los que el vicepresidente de la Xunta, con evidente exageración, califica de inútiles como colectivo, ¡y lo dice del primer partido de Galicia, por votos y por militantes! Entre el Quintana que habla contra la razón y la prudencia, y el Fraga sensato que antepone los intereses generales a las opiniones y actitudes quizá incluso coyunturales de su partido, me quedo con el de Vilalba. Aunque con la foto fija del momento elogiado, que no incluye, por ejemplo, aceptar su comprensión para la supuesta buena voluntad de los golpistas del 23-F.