EL CÓNCLAVE que la derecha española celebró el pasado fin de semana en Madrid ha sacado a la luz la verdadera estructura jerárquica del Partido Popular. Aclamado por el respetable, José María Aznar ha demostrado ser el auténtico líder del partido, su referencia inexcusable. Haciendo gala de su personalismo autoritario, el ex presidente del Gobierno ha vuelto a comportarse como un impostor carente de escrúpulos a la hora de formular imputaciones falsas contra el discrepante y, como en su etapa de gobernante, no ha dudado en sustituir el debate democrático por la descalificación política y moral del adversario. Ciertamente, no cabía esperar otra cosa de la megalomanía y la paranoia que caracterizan al personaje. No obstante, es él quien acota el terreno político, establece las restricciones al debate y marca las líneas fuerza que configuran la estrategia política del partido conservador. Acebes y Zaplana, como se esperaba, han oficiado como profetas del ex presidente y son, sin duda, los discípulos en los que el líder tiene depositadas todas sus complacencias. ¿Y Rajoy? Pues da la impresión de que estamos ante un dirigente que, incapaz de definir un proyecto propio y de consolidarse como un líder de la oposición valorado y solvente, ha arrojado definitivamente la toalla y ha hecho suyo el discurso del sector más duro del partido, que añora el pasado, suspira por Aznar y considera que en España sólo se producen cambios en medio de una grave crisis nacional. Mariano Rajoy ha salido de la convención como un presidente virtual, y parece que en el futuro sus funciones se verán reducidas a las del muñeco del ventrílocuo. La imagen proyectada por la asamblea de los populares representa también un respiro para el Partido Socialista y el Gobierno. Ambos saben perfectamente que con un discurso ultramontano la derecha jamás ganará unas elecciones. Por numerosos que sean los errores que cometa el Gobierno -y, desde luego, comete muchos-, el tono apocalíptico exhibido incapacita a Mariano Rajoy para encabezar una alternativa de gobierno en España. Porque aunque al PP le parezca inconcebible, los ciudadanos no queremos retornar a una época -el aznarismo- en la que el adversario era considerado un enemigo, en la que no existían escrúpulos, al amparo de hechos dolorosos como el terrorismo, para promover emociones irracionales tendentes a desvirtuar el Estado de derecho, y en la que expresar un simple matiz con la línea gubernamental era considerado un síntoma de debilidad cuando no un delito de lesa patria. Incapaz de asumir las verdaderas causas que lo condujeron a la pérdida del poder y huérfano de un proyecto político alternativo, el PP está condenado a sufrir una nueva derrota electoral. Visto lo visto, ése parece ser el único camino capaz de conducir a la necesaria renovación de la derecha española. Algo que resulta imprescindible si queremos evitar la progresiva degradación de la democracia y de la política en nuestro país.