DESPUÉS del fin de la Historia, esto del socialismo ya no es lo que era ni siquiera en la tierra de María Santísima, llena de contradicciones y de agujeros negros de la lógica. Hubo un tiempo en que una de las banderas demagógicas del PSOE era lo de la reforma agraria. Y ya no la republicana prevista por el que fuera catedrático de mi escuela, luego depurado por Franco, el ilustre ingeniero agrónomo don Pascual Carrión, sino la más reciente del que fuera mi profesor, don José María Sumpsi, flamante primer responsable del Instituto Andaluz de Reforma Agraria. Entre tanto, la época del notario don Alberto Ballarín tantos años presidente del Iryda y buen conocedor de las cosas del agro, al que se le achaca la famosa frase: «Toda finca es manifiestamente mejorable... hasta la ruina total de su propietario». Pero vinieron otros tiempos menos proclives a la vieja aspiración popular del reparto de latifundios. Una pena para la duquesa de Alba, que debió pensar en su momento: «Entre las fincas que ya tengo y las que me toquen en el reparto auspiciado por los señoritos rojos sevillanos, me voy a forrar». Y España fue admitida en la UE, antes CEE, y la PAC logró el milagro de que los antes odiados latifundistas se transformaron en emprendedores empresarios, creando valor para el accionista como se dice ahora, pues los viejos propietarios ligados a la aristocracia rural son los que más subvenciones reciben de Europa. Tal éxito económico ha sido reconocido así por el ilustre superviviente del clan de la tortilla, el balbuciente señor Chaves, compadre de duquesas de más o menos llaneza, mancos que alivian fortunas en un descuido y de mandamases de la otrora odiada por acreditadamente expoliadora gran burguesía financiera catalana, uno de cuyos conseguidores y testaferros ha llegado nada menos que a ministro socialista con ZP. Y ahí va la medalla de méritos por el socialismo andaluz a la duquesa de Alba. Se les ha olvidado Montilla.