Los sueldos de los profesores

OPINIÓN

UN RECIENTE informe de La Caixa nos recordaba nuevamente que los profesores españoles se encuentran entre los mejor pagados de Europa, aunque con notables diferencias en función del cuerpo funcionarial al que pertenezcan o de la antigüedad en el ejercicio de la profesión. Efectivamente, en las últimas décadas, diversas subidas salariales han dignificado económicamente a nuestros docentes, muchos de los cuales aún recuerdan épocas de grandes dificultades y carencias, no solamente en sus retribuciones sino también en las condiciones materiales de los centros y de los servicios educativos. Pero estos mismos profesionales tampoco olvidan cuando ellos poseían un importante prestigio social: su profesión estaba bien valorada, eran respetados y tenían autoridad, pudiendo contar, incondicionalmente, con el apoyo de los padres en la educación de sus hijos. Había fe en el maestro, en sus enseñanzas, en su forma de trabajar y en su relación con los discípulos. En el hogar, se procuraba reproducir el orden y la disciplina de la escuela, controlando tiempos de estudio y de lectura y premiando los éxitos pero también sancionando los fracasos. En el aula, era suficiente una simple llamada al orden o bien el recuerdo de un posible aviso a los padres, para que las aguas volvieran a su cauce. Hoy la situación ha cambiado mucho. Los centros educativos cuentan, en general, con unas instalaciones y equipamientos muy buenos; las especialidades docentes no han dejado de aumentar, incluso en la enseñanza primaria, reducto clásico de generalistas; se ha reducido constantemente el número de horas de docencia de los profesores y también el número de alumnos por aula, etcétera, y, como ya hemos indicado, las remuneraciones de los profesionales de la enseñanza se situaron en un buen lugar. Sin embargo, estas mejoras materiales han llevado pareja una disminución del prestigio social de los profesores y, como consecuencia, del respaldo y apoyo a su labor, aspecto del que cada día están más necesitados y que, sin lugar a dudas, repercutiría muy positivamente en la mejora en nuestra enseñanza. Diversos estudios vienen reflejando que el desánimo y la tensión que sufre cada día un mayor número de docentes impide que éstos puedan dar sus clases con normalidad, lo cual repercute de manera decisiva en los resultados de la educación y adquiere aún una mayor trascendencia si tenemos en cuenta los difíciles momentos que atraviesa la familia, la cual viene cediendo a la escuela importantes responsabilidades formativas que, tradicionalmente, eran de su única competencia. La desestructuración de muchos hogares o la compleja armonización de la vida laboral y familiar confieren cada día un mayor protagonismo a la educación institucional, no solamente en su papel instructivo sino también en el formativo. Cuando hoy se habla de variables que influyen en la calidad educativa siempre aparecen en primer lugar los recursos materiales y humanos: más dinero, más docentes; pero éste ya no es el principal problema, lo cual no quiere decir, en modo alguno, que no haya que seguir haciendo un esfuerzo económico. Son más importantes otras variables, como por ejemplo ésta a la que nos referimos hoy, la recuperación del prestigio, confianza y apoyo a nuestros profesores. Y creo que en ella todos tenemos, en mayor o menor grado, una responsabilidad, incluyendo, por supuesto, a los propios profesionales de la enseñanza.