NO ES para alarmarse. Sí para preocuparse, aunque sin espantos. Cinco de cada cien escolares gallegos sufren acoso en las aulas, y diez de cada cien han sido amenazados en alguna ocasión. No hagamos de esto un drama y nos pase como al PP, que reclama con toda urgencia el plan integral de convivencia que a él no le dio tiempo a hacer en dieciséis años de gobierno en Galicia, porque estuvo entretenido inaugurando ascensores y construyendo ciudades de la cultura. Así que, seamos serios en esta cuestión. Evidentemente hay que mejorar la convivencia escolar en las aulas. En las aulas, en la calle, en los cines, en los pubs y hasta en los templos parroquiales. Pero eso no se mejora a base de imposiciones. Ni por medio de decretos y de normas autoritarias y precipitadas. Porque la educación no es labor de una mañana, ni de un profesor, ni de un legislador, ni tan siquiera de un policía. Y ahí, en esa labor conjunta, es donde estamos fallando estrepitosamente. Cuando vemos la crueldad de un escolar que le arrea una patada en la nuca a un compañero, o la perversión y la saña que asiste a algunos jóvenes, que no conformes con agredir a compañeros o a indigentes se divierten grabándolo en el teléfono móvil para hacer un pase público como quien estrena un largometraje, nos damos perfecta cuenta de que lo estamos haciendo rematadamente mal. Porque algo tiene que ir mal en las relaciones familiares y en las escolares para que esto ocurra, por muy desarraigados que sean quienes lo hacen. Así que no empecemos a montar broncas inútiles que nos van a impedir ver la solución al problema. La solución comienza en la familia. En los papás, en las mamás; en los hermanitos y en los abuelitos. Que tienen que educar al niño y saber qué es lo que quieren para él. Y después vendrá el profesor. Y luego todos los demás. Y todos los días del año. Porque decía Flaubert que la vida es una constante educación. Hagámosle caso.