Hoy se cumplen 84 años de la muerte de Rafael Moreno Aranzadi, Pichichi, la primera leyenda del fútbol español y el apodo que ha dado nombre al trofeo de máximo goleador de la Liga española. Icono de los inicios del balompié, el futbolista vasco falleció como consecuencia del tifus, sólo unos cuantos meses después de abandonar el fútbol.
01 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.El fútbol entonces no era más que un juego que daba sus primeros pasos en España. Ni movía tantos intereses ni era la caja de resonancia social en la que se ha convertido en las últimas décadas. A lo sumo, algún conflicto derivado de la rivalidad que no merecía más que unas cuantas líneas de alguna gacetilla. La Liga española no se crearía hasta 1928 y la Copa, aunque existía desde 1902, era todavía un embrión de lo que representa actualmente. Rafael Moreno Aranzadi nació el 23 de mayo de 1892. El niño díscolo y travieso que tantas alpargatas había roto en el patio de los Escolapios por su afición a lo que entonces se conocía como football, se incorporó en 1911 al Athletic de Bilbao. Acostumbrado a desenvolverse con soltura entre jugadores mayores que él (al parecer, de ahí le viene el apodo de pichichi), el joven Rafael empezó a estudiar Derecho en la Universidad de Deusto. Al recinto universitario llegaba después de recorrer varios kilómetros golpeando una piedra que, finalmente, acababa en las aguas de la ría del Nervión. En el Athletic jalonó su trayectoria con algunos de los históricos goles de aquel equipo que ganó la Copa en 1914, 1915, 1916 y 1921. Firmó diez tantos en 17 partidos, una cifra ridícula en el fútbol actual, pero importante en una época en la que el número de partidos oficiales al año se contaban con los dedos de una mano. Pero Pichichi no era un goleador al uso, incluso algunas de sus virtudes, y defectos, lo acercan a la de las figuras actuales. Jugaba de interior, cuando los centrocampistas eran casi como delanteros, tenía un fuerte disparo con ambas piernas y remataba bien de cabeza. Inventaba en un tiempo en el que la técnica daba sus primeros pasos y quienes lo conocieron hablan de un futbolista pícaro, hábil en el regate, de aire desgarbado y en cuya frente, en un impagable y precursor guiño al moderno merchandising, lucía un llamativo pañuelo. Pese a sus amagos de retirada, acudió a la llamada de la selección española, que se estrenó en 1920 en los Juegos Olímpicos de Amberes. Conquistó la medalla de plata y un año después colgó las botas. Como suele ocurrir con los actuales galácticos, los últimos años de Pichichi no fueron un ocaso dorado. La exigente afición de la Catedral no le perdonó su aparente indolencia ni la evidente merma física y recibió las primeras pitadas que se recuerdan en San Mamés. El público, tan desmemoriado entonces como ahora, olvidó pronto las tardes de gloria que le había brindado Pichichi, el autor del primer gol que se marcó en la inauguración de San Mamés, el 21 de agosto de 1913. Su inesperado fallecimiento, como consecuencia de un proceso tifoideo por la ingesta de ostras en mal estado, dotó al personaje de una aureola de mito insospechada, incluso para los que disfrutaron de sus mejores días de futbolista. Pocas tradiciones apelan a las esencias futboleras como el obligado rito para todo aquel equipo que visita por primera vez San Mamés de depositar un ramo de flores en el busto que en 1926 se erigió en honor de Rafael Moreno. Un tributo a la memoria de Pichichi, del gol, a la memoria de los precursores. Como el trofeo Pichichi, el galardón que desde 1952 premia al máximo goleador de cada categoría del balompié español.