AYER se habrá brindado con champán (bueno, con cava) en muchos despachos. Se habrán celebrado grandes comidas, y no por ser martes de carnaval, sino por una razón menos etérea: los gloriosos resultados de grandes empresas y administraciones públicas. Quienes pudieron hacer esas celebraciones son gente feliz y triunfadora. No tienen nada que ver con los ciudadanos que confiesan en las encuestas del CIS que decae su confianza económica. Y son la cara opuesta de esos otros ciudadanos que, según se acaba de publicar, hemos regresado al poder adquisitivo de hace cinco años. Lo celebro. Unas arcas públicas con superávit sólo encandilan a Solbes, pero liberan al Estado de deudas y dan a los socialistas un diploma de correctos administradores. Por lo menos saben llevar las cuentas. También gratifican las abultadas ganancias de Iberia. Y comprobar que Fenosa ha duplicado beneficios tiene que haber servido de gran consuelo, casi un consuelo galáctico, para don Florentino Pérez en medio de las cuitas deportivas y los quebrantos que le causaron sus millonarios jugadores. Por todo ello, albricias y felicitaciones mil. No parece que este país esté en quiebra, ni mucho menos. Hay dinero. Dinero por todas partes. Incluso para presentar unos resultados de fábula. Sigue siendo verdad que la sensación de caos y quiebra está en las mentalidades políticas de oposición. Para nada en las actas de consejos de administración. A partir de tanta felicidad, pido permiso para hacer dos reflexiones, quizá políticamente incorrectas, pero no necesariamente demagógicas. La primera se refiere a las administraciones públicas: hecho el canto de la buena gestión, sepan los gobernantes que, cuando llegue la hora de votar, no valoraremos su capacidad de ahorro, como si el Gobierno fuera una cartilla. Lo que valoraremos será el acierto en el gasto; es decir, qué han hecho con un dinero que no les pagamos para ahorrar, sino para invertir. La segunda, sobre los excelentes resultados privados. Durante el último año hemos tenido que sufrir la cantinela del precio del petróleo. Nos subieron las tarifas aéreas porque el petróleo estaba a punto de arruinar a las compañías. Nos acaban de subir la luz porque las pobres eléctricas habían sufrido gravemente la misma carestía del crudo, agravada por la pertinacísima sequía. Y ahora vemos que de pérdidas, nada. Lo único que había era necesidad urgente de batir récords de beneficios. No está mal. Es una táctica que no está tipificada en el Código Penal. Les ha salido bien, y los felicito. Pero cuando llegue el próximo disgusto del petróleo, a mí no me lloren. Porque aquí los únicos paganos de la factura hemos sido usted y yo: el engañado consumidor.