YA NADIE en San Francisco se acuerda del terremoto del 1906. La ciudad construida sobre una de las zonas sísmicas más activas de la tierra desprecia todo lo que no sea luz dorada, por las calles en cuesta trenzadas de tranvías. Y es que al final ¿qué importa? Vivir sobre un polvorín no es más que una manera -otra manera- de sonreírle al vacío, es decir, de prosperar. Y al fin y al cabo, entre Alcatraz, San Quintín y Sausalito, todos los temores se conjuran. Viniendo de Big Sur, el feudo de Henry Miller, frente a las montañas de Santa Lucía, tras visitar el hórrido castillo de Hearst, en San Simeón, colgado frente a un santuario de ballenas, pienso que San Francisco sigue siendo para mí Steve McQueen sobre su Harley y quizás Jack London y Walt Withman. Por eso, en medio de la bruma que rodea la bahía, tras cruzar el Golden Gate, una de las grandes maravillas de la ingeniería de su tiempo, tomamos la route 1, rumbo a Point Reyes, epicentro del desastre, por una suerte de camino arrugado hacia la nada, encima mismo de la falla de San Andrés que tiembla bajo el coche como un presentimiento. A un lado, el Pacífico; por el otro, las montañas cosidas de cóndores y ciervos. Nos esperan dos pueblos de tiburones y piratas: Bodega Bay y Mendocino. (Hemos visitado el funesto cruce de la carretera 46 y la 41, a la altura de Cholame, donde Jimmy Dean se estrelló en su Spitfire y la muerte temblaba aún sobre la belleza de unas montañas dulces como esputos). Mañana veremos las secuoyas que oscurecen el cielo de la región de Humboldt.