SE HAN estado reuniendo discretamente en Ginebra representantes gubernamentales y la guerrilla de Sri Lanka. Trataban de hacer efectivo un alto el fuego que no funciona porque ambas partes lo han roto, culpándose mutuamente. Así, desde el mes de noviembre, van 120 muertos entre civiles y militares. Pero el conflicto en que viven desde hace dos décadas ha generado la escalofriante cifra de 60.000 víctimas. Es una guerra civil no declarada con altibajos en la violencia de los tamiles. Solamente cuando la furia del tsumani asoló la antigua isla de Ceilán con gran agresividad, los guerrilleros se dedicaron a la reconstrucción de los destrozos causados por la ola gigante. El objetivo de la guerrilla tamil es conseguir que el Gobierno reconozca a los territorios del nordeste de la gran isla como una comunidad autónoma. Por eso llevan luchando ferozmente durante más de veinte años. Ahora, con la mediación del comisionado noruego Eric Solheim, se están reuniendo para recuperar la situación de alto el fuego decretada en febrero del 2002 y rota en abril del 2003. Lo peor de este conflicto, como sucede con otros (Palestina, Nicaragua o Irlanda), es que varias generaciones de personas se han visto involucradas en los enfrentamientos, con sufrimientos y rencores, tanto de los que luchan como de los que los apoyan en retaguardia. Cuando llega la hora de iniciar un proceso de paz es porque se prefiere conseguir algo mejor que nada y se reconoce que la paz es el resultado de un conflicto bien gestionado. Así, poco a poco los conflictos en Nicaragua, Palestina, Irlanda¿ y ahora en Sri Lanka han llegado a su fase final, con un diálogo de paz que puede servir para hacer callar las armas.