ME CUESTA creer que detrás del optimismo del presidente Zapatero sobre el fin del terrorismo etarra no haya una buena información que alimente razonablemente sus expectativas. De lo que no tengo ninguna duda es de que es uno de los políticos más optimistas de su partido e incluso de España. De hecho, otros socialistas, como Gregorio Peces Barba, Alfonso Guerra o Felipe González, ya han manifestado no compartir «ningún ataque de optimismo» o ser «optimistas escarmentados» (González dixit) sobre el próximo final de ETA y el inicio de un proceso de paz. ¿Qué mantiene a Zapatero en esa cima nietszcheana del optimismo, sin muestras de que desee bajar? En mi opinión, más que su optimismo antropológico, lo mueve su firme convicción de que sólo por esta vía puede llegar lo que tanto desea que llegue. Es su apuesta, ciertamente. Lo bueno es que, si la gana, ganaremos todos. Y lo malo es que, si la pierde, también perderemos todos, y muy especialmente él. De esto caben pocas dudas. Por eso creo que tiene sentido prestarle ahora todo el apoyo y, a la vez, prepararse para el caso de que se produzca un nuevo fiasco. Porque el que no admita esta posibilidad, tratándose de ETA, es que no conoce el paño. O no quiere conocerlo. O quiere aparentar que no lo conoce. La realidad es que algunos dirigentes socialistas y nacionalistas se apresuraron a pintar en el horizonte un final de ETA acorde con el deseo de casi todos. Pero no está claro que la organización terrorista participe de ese entusiasmo liquidador. Se pueden airear los tres años que lleva sin causar muertos, pero no se puede silenciar su continua campaña de bombas, con la que nos recuerda que está ahí y que tiene capacidad de volver a las andadas. Los que fingen no darse por enterados siguen una estrategia arriesgada... que puede dar buenos resultados. Pero no será ETA la que dé garantías de que va a ser así. Si el final del terrorismo llega, será porque los batasunos sean capaces de liderar un proceso político que descarte la opción militar-terrorista. Mientras se decide si esto ocurre, no podemos delegitimar el optimismo de Zapatero. Ni el pesimismo de Rajoy. Sólo nos queda esperar y ver. Y ni siquiera sabemos cuánto tiempo.