NO ES necesario que el Gobierno se esfuerce en insistir en lo que es obvio: en que Francisco Vázquez será un gran embajador. Lo será, sin duda, como ha sido también un gran alcalde. De hecho, si su llegada al Vaticano encierra algún peligro, ese no es otro que el que quizá llegue a acechar a los cardenales que aspiran al papado. Y es que las cualidades del alcalde coruñés podrían acabar haciendo de él, ¡incluso!, un firme candidato al trono de San Pedro. ¡Que tiemblen ya los purpurados, que no saben de lo que es capaz un gallego perseverante, audaz y habilidoso! Francisco Vázquez, que ha sido todo eso, se ha convertido con el tiempo en el personaje más relevante de la política gallega en el largo período democrático que inauguró la transición. Otros no le alcanzan en tal título porque, o llegaron después, o se fueron mucho antes, o debieron hacerlo en medio de la soledad o del escándalo. Vázquez ha estado en primera fila desde el principio hasta ahora mismo y sólo ha decidido preparar mochila y manta para irse a servir al Rey al Vaticano: llegó con el apoyo popular de la primera democracia y se irá en olor de multitud. En olor de multitud, sí, porque en el adiós que dará Galicia al nuevo embajador se arremolinarán muchos gallegos, aunque formando en dos tropas bien distintas: la de los que se alegran por el que se va, entre los que están todos sus amigos y todos los que, sin serlo, creen que el Gobierno ha tomado una inmejorable decisión para los intereses del país; y la de los que saltan de alegría por los que se quedan, que han respirado al perder ¡al fin! de vista, y aunque sea sólo por una temporada, al único político gallego de trayectoria inequívocamente democrática que, para decirlo de una vez, se atrevía a llamar a las cosas por su nombre. En realidad, aunque la decisión de nombrar a Francisco Vázquez para un puesto que le obliga a abandonar por completo la política gallega no puede ser más que fruto del destino, y no guarda, seguro, ninguna relación con el hecho, ¡puramente causal!, de que esté a punto de abrirse en Galicia el debate sobre la reforma estatutaria, lo cierto es que tal pérdida resulta muy sensible para todos los que creemos que la suya era una voz indispensable por su insobornable sentido del Estado. Por eso, la tranquilidad que hoy debe sentir el bipartito que gobierna es paralela a la orfandad de los cientos de miles de gallegos que confiaban en Francisco Vázquez para defender su visión de España y de Galicia. Touriño y Quintana se acostarán más tranquilos mirando al Vaticano. Pero muchos gallegos nos levantaremos desde ahora con mucha mayor sensación de soledad.