CUÍÑA fue el primer damnificado por el Prestige ; en las siguientes municipales el chapapote alcanzó a numerosos compañeros de viaje. Aznar había tratado de parar el fuel político con promesas de obras y condecoraciones oficiales en A Coruña, en el feudo de un teórico adversario. Pero no consiguió más que una contaminación recíproca; se aceleró el desgaste electoral de Francisco Vázquez y el presidente salió con una imagen bronca y autoritaria que ya no abandonaría hasta el final de su retiro voluntario. La misma que le restaría reflejos para afrontar los ataques decisivos del 11-14 M. El PP sería el único partido de la coalición contra Sadam Huseín que perdería las elecciones. Bush, Blair y Howard ganaron las suyas; Rajoy, el sucesor de Aznar, fue la excepción. La estela del Prestige acabó terminando también con la era de Fraga, que no percibió que todo había cambiado, que urgía una mudanza interna con cuadros limpios de la marea negra. Ha sido irónico e inesperado el modelo gallego de cambio de élite. Un viejo petrolero fletado por la mafia rusa, cuya evidente responsabilidad fue desviada por la izquierda para capitalizar el descontento social, se ha llevado por delante a la clase gobernante de la última época. No hizo falta la arriesgada denuncia de los excesos del poder ni de sus tráficos de influencia, tampoco el apurar los amargos choques personales exigidos por un recambio; como el de la España de 1996. La nueva clase alternante apenas ha tenido que bajarse del autobús; bastaron las pancartas, la movida de la farándula, los blogs y los móviles -aderezados con estratégico eco mediático- para derrotar a la mejor gestión económica nacional de un vertido petrolero, que además aconteció en el período de mayor prosperidad del país. Hay que revisar los clichés, las obras por sí solas no garantizan los votos, el ladrillo y el cemento tienen dos caras; no se gana con macroeconomía si la tarta no está bien repartida y si los jefes no cultivan la virtud, la coherencia entre el ser y el parecer, y la contención de las pasiones capitales. Todo acaba sabiéndose, quedan pocos despistados crónicos. De tanto repetir los estereotipos, algunos políticos creen su propia propaganda o piensan que Galicia es la contada por los pelotas agradecidos. Esto ha cambiado sin retorno, los mansos han desaparecido de la tierra, los referentes se han globalizado y de la vieja sociedad no quedan más que residuos. La izquierda ejerce el nihilismo pragmático y es hegemónica en los medios; así, la oposición lo tiene duro y para propiciar una nueva rotación de élites tendrá que hacer algo distinto y valioso a los ojos del electorado, el que paga y sentencia el juego de las vanidades. Los notables convencionales han vivido demasiado tiempo de rentas históricas, administrando las carencias del pueblo a base de apariencia, palo y zanahoria. Ahora comenzará otra representación, ya más competitiva, en el escenario de cristal de la era de las comunicaciones.