AUNQUE también en esto hay excepciones honrosas, no cabe negar que Occidente en su conjunto, y Estados Unidos en particular, llevan muchos años sembrando vientos en los países islámicos. Y no se trata sólo de las guerras de Irak y de Afganistán, que irrumpen en la actualidad con una presencia cegadora, sino de una larga retahíla de hechos en la que figuran con especial relevancia los errores cometidos en Argelia (golpe de Estado contra el fundamentalismo), en Irán (dejar al sha a merced del fundamentalismo), en Irak (armar a Sadam contra los ayatolás), en Afganistán (armar a los talibanes y a los señores de la guerra contra Rusia), en Líbano (dejar que se destruyese el país como consecuencia del éxodo palestino), y en Arabia, Kuwait y Marruecos (apoyar monarquías feudales y corruptas a cambio de alianzas militares o petróleo). Las actitudes mantenidas en Chechenia, Libia y los países islámicos de África también están marcadas por las improvisaciones contradictorias. Pero donde las voces claman con más dramatismo al cielo de Yahvé y de Alá -dos nombres distintos para un solo Dios verdadero- es en Palestina, que, además de generar varias guerras, forzó el éxodo que atiza los conflictos irresueltos de Jordania, Líbano y Siria. Por eso carece de sentido analizar la crisis de las caricaturas de Mahoma como una locura momentánea, o como el inexplicable estallido de fanatismo que convierte a los países europeos en rehenes de su propia libertad. Porque todo lo que ahora sucede es resultado de una torpeza política infinita, y porque no es posible seguir tratando la cuestión de Oriente Medio como si fuese un puzle hecho con piezas independientes. La crisis de las viñetas carece de entidad suficiente para provocar un enfrentamiento como el que viven el islam y Europa. Pero si vemos las cosas con amplia perspectiva, es evidente que llevamos mucho tiempo sembrando los vientos que ahora se transforman en tempestades, y que, si nos empeñanos en seguir tratando las cuestiones al estilo Bush, buscando aliados internos para nuestra propia causa y tratando de convertir a los países árabes en el campo de Agramante de los intereses occidentales, nadie podrá impedir el choque brutal de ambas civilizaciones. Aunque a Occidente le interesa mucho que los conflictos de Oriente Medio se fragmenten y separen para un análisis a conveniencia, todo indica que los vientos de crisis empiezan a reunirse en un solo huracán. Y en este contexto sirve de muy poco afirmar que los europeos de hoy estamos pagando facturas que no nos corresponden. Porque en términos históricos, que explican la realidad del problema árabe e islámico, en modo alguno somos inocentes.