PERMÍTANME el paréntesis de un día en la crónica de nuestros episodios nacionales. Es que, en jornadas como ésta, parecen pequeñas anécdotas al lado del vendaval que puso en pie de guerra a multitudes islámicas. Lo nunca visto: la publicación de unas caricaturas con Mahoma como protagonista provoca la mayor confrontación de culturas que recordamos. He ahí una parte visible de la globalización: unos dibujos en un periódico de un pequeño país europeo sirven para sublevar a miles de ciudadanos en otro continente. Sólo se necesitan para ello tres ingredientes: base teocrática, idea de ofensa a una religión y un buen agitador. Europa está recibiendo las protestas y los asaltos a embajadas con absoluta desorientación. Lo que para nosotros es un simple, pero hermoso, ejercicio de libertad, resulta que para otros es una ofensa intolerable. El viejo continente se pregunta qué hacer. Por citar las reacciones de los dirigentes más próximos, Rodríguez Zapatero teme que le explote en el aire su idea de la Alianza de Civilizaciones. Con ese temor se une a su colega turco para pedir respeto a las sensibilidades diferentes. El ministro Moratinos, buen conocedor del mundo árabe, pide que no se caiga en la trampa de las provocaciones. Y en los medios informativos se empiezan a leer y oir frases que previenen contra la posible «debilidad» de nuestros gobiernos. Europa, sencillamente, no sabe cómo reaccionar. Ni puede reducir un milímetro la libertad de información de que gozamos, ni vale de nada invocarla ante un mundo de fanáticos. Estamos preparados para prevenir, condenar, reprimir o incluso sufrir el terrorismo islamista, pero no para contener a masas enfurecidas, movilizadas por agitadores fanáticos que mueven a las turbas en nombre de Alá. Frente a eso, no hay soluciones convencionales. Nadie las alcanza a ver. ¿Cuál es, por tanto, el desafío de Occidente? Tratar de que ese movimiento que tanto se parece a una guerra santa no traspase las fronteras de los países de credo musulmán. Tal como están las cosas, ése parece el mayor éxito al que podemos aspirar. Este mundo es como es, y la primera dificultad es que el islam nunca ofrece un interlocutor para nada. No tiene un papa, ni un jefe de religión con quien se pueda negociar. Tampoco vale de mucho la mediación política: el Gobierno del Líbano se vio desbordado por las masas. Ante ello, sólo cabe contener la riada en sus límites actuales; dejar que pase la tormenta, y disponernos a aceptar con humildad que existen otras formas de entender la religión; con otros valores, aunque en Europa nos parezcan inverosímiles. Y no los vamos a cambiar por mucho que ensalcemos y defendamos el bien superior de la libertad de expresión.