Todos enturbantados (menos yo)

| JUAN JOSÉ R. CALAZA |

OPINIÓN

CUANDO España era digna y pobre y no había noticias buenas o malas que provocasen alarma, cuando hasta las victorias internacionales del Barça causaban dulce gozo a la patria, y no se menoscababa a quien respetase la costumbre de tirar cabra o algún que otro cabrito desde un ignoto campanario, quien esto escribe fue enturbantado. Y el espectáculo que daba era, ciertamente, grandioso. Vestido a la nacional usanza, turbante, chaleco de pana negra y un nardo de quienes todo lo tuvieron y todo lo perdieron en el culo, la visión que provocaba era incomparablemente superior a la de Venecia. Y aunque los enturbantados de Vigo sabían a ciencia cierta lo que me debían, en cuestiones de infidelidad conyugal, nadie parecía enfurecido sino más bien mansos y sosegados cual colilla flotando en el Verdugo un día de carnaval. A la luz del hermoso sol que brillaba a mi paso, las mujeres se cimbreaban bajo sus chilabas como estrellas de un ballet surrealista nada fácil de explicar ni al mismo André Breton. Las astas de los maridos enturbantados tenían la frondosidad de robles centenarios, sus pies resonaban de alegría bailona y los cachalotes reían y emparejaban ruidosamente hasta quedar sordos de tanto estruendo. Jamás hubo espectáculo tal ni en el país de quien esto escribe, que, dicho sea de paso, es natural de un país en el que los espectáculos extraordinarios como entrar por las puertas o subir para arriba son gratuitos, al contrario de lo que sucede en Cataluña. Pero, sobre todo, lo que sobrecogía el espíritu no era tanto la cantidad ni la calidad de las arboladuras sino las risotadas de Nickanora. Nickanora era una osa rusa que me acompañaba, tocada con un tricornio, para poner en su sitio, si menester, a enturbantados y talibanes locales con montera, malos pagadores y susceptibles por naturaleza. Celosos de tanto éxito, un par de talibanes ourensanos afincados en Vigo fueron a reclamar a La Meca -acusándome de comer jalufo, beber champagne a morro y hablar castellano- un lugar de honor que sólo a mí corresponde: todo consiste en no regatear el derecho a hacerse empalar por fanáticos, pues siempre es preferible a la castración cultural que nos infligen. La culpa principal recae, que duda cabe, en la imperialista lengua castellana llena de zetas y erres impronunciables para los talibanes nacionalistas y para los loros de oscuro plumaje. Sin embargo, fiel al magisterio de Ahmadou Bamba Kalaza, me mantuve sin águila ni serpiente ni gilipolleces nietzscheanas semejantes, ataviado simplemente con turbante, chaleco y un hermoso y español nardo, símbolo de aquella época honrosa y pobre, de españoles enjutos y tuberculosos de tanta manivela y tanta disentería, vulgo, rilís. Todo iba bien hasta que un motorista me entregó en mano una misiva proveniente de La Meca en la que me expulsaban de los enturbantados: la época de alta libertad había concluido. Enturbantados y talibanes con montera habían puesto precio a mi cabeza. Tengo guardados nardo, turbante y chaleco de pana en un viejo arcón de mi pazo fortificado. Pongo mi pazo a disposición de los últimos españoles leales, junto con el fantasma del invicto Caudillo, azote de enturbantados y talibanes, tres cajas de foguetes y veinticinco máuser sin estrenar. Antes de ser empalado por comer jabugo, beber champagne a morro y hablar español, un último aplauso solicito del respetable y tres deseos manifiesto: a) que resucite Zarra, la furia española; b) ver ondear la bandera de Play Boy en La Meca; c) que Dinamarca resista.