EN UN REINO como este nuestro, tan poco acostumbrado a recibir noticias sugestivas, de vez en cuando, muy de vez en cuando, se produce alguna que reconforta. Y por tanto se agradece profundamente. Es lo que nos acaba de ocurrir con el anuncio de paralizar la construcción de dos de los edificios de ese dinosaurio que se levanta en el monte Gaiás de Compostela, y que se llama Ciudad de la Cultura, aunque bien hubiera podido llamarse Homenaje al Despropósito. Porque aún a día de hoy, y con paralización y todo, desconocemos qué es lo que se pretende levantar allí. Mejor dicho, sabemos lo que se quiere hacer, lo que no sabemos es para qué. Por eso viene bien un período de reflexión para decidir si lo que se quería hacer es lo que hay que hacer. Y que es lo que debió de decidirse antes de poner un solo ladrillo. Pero en ocasiones las cosas se hacen así. Primero se construye el edificio y después se piensa para qué nos sirve. Y así hemos ido sembrando esta Galicia nosa de edificios varios, naves, alpendres e instalaciones inútiles, pero que están ahí, para sonrojo de quienes las promovieron y para mosqueo de todos los demás. Pero a lo que íbamos. De momento parece claro que vamos a quedarnos sin el teatro de la música y sin el edificio de las nuevas tecnologías. Al menos como se entendían hasta hoy. Y ahora vamos a ver si Galicia necesita dos monstruos de edificios, dedicados a la música y a las tecnologías que no tiene, o si lo que necesita es otra cosa, aún manteniendo el diseño exterior, que también, y de paso, podríamos empezar a discutirlo. La paralización es una buena noticia, pero no lo suficientemente tranquilizadora. Lo que tienen que asegurarnos, tras esta reflexión, es que cuanto se invierta en Gaiás servirá para lograr una Galicia mejor, más moderna y más competitiva. Y, la verdad, lo dudamos mucho.