EVO Morales se ha hecho famoso en todo el mundo por sus jerséis de rayas, pero mucho más impactante que el fondo de armario de un político que ha decidido pasar olímpicamente de disfrazarse de político, es cómo ha planeado montarse la vida en su nuevo hogar, la residencia oficial. Todo presidente de país que llegue a ese cargo ya ni se plantea lo que le toca, que es mudarse con la familia adonde le sea asignado. Pero Evo Morales también es distinto en esto. Está soltero, y aunque tiene dos hijos de diferentes madres, éstos viven con ellas. La hermana mayor del presidente de Bolivia es la que lo ha acompañado en los primeros actos oficiales haciendo las funciones de primera dama. Pero, bueno, el asunto es el palacio presidencial, en el que Evo no quiere vivir solito. Ha trascendido estos días que para solucionar el problema ha invitado a mudarse allí a su vicepresidente, divorciado con novia; al presidente del Senado, casado y con hija; y al presidente de la Cámara de los Diputados. ¿No es genial? Qué bonito sería que los líderes mundiales siguieran su ejemplo y compartieran con los miembros de sus gabinetes esas enormes residencias tan mal aprovechadas. Desayunar juntos en pijama, hacer la lista de la compra, ir al híper por turnos los sábados y, por las noches, hacer guerras de almohadas en vez de pensar en invadir países cuando necesiten liberar tensiones, por no dar más ideas de alcoba.