Trágico mes de enero


EL ÚLTIMO fin de semana puede pasar a la historia como uno de los mas trágicos en el tráfico gallego. Entre la tarde-noche del viernes día 20 y la tarde del lunes, día 23, han sido trece las personas que han perdido la vida en nuestras carreteras. Cuando escribimos estas líneas, suma el mes de enero una treintena de víctimas mortales. Tal grado de accidentalidad no puede explicarse con el recurso a lluvias, vientos, hielos o nieves. Las responsabilidades de tanta muerte violenta han de buscarse en donde están, ni más ni menos que en el lado de las humanas negligencias. Existe un sistema normativo conformado por mandatos imperativos que tienen como fin regular el tráfico para que se desarrolle en un clima racional de seguridad vial. Si ahora tenemos en cuenta que bajo cada accidente de tráfico -a salvo escasísimos hechos- subyacen infracciones de mayor o menor entidad, es claro que estamos ante desobediencias a preceptos de obligado cumplimiento, es decir, ante voluntarias decisiones de no acatar reglas dictadas para que el tráfico transcurra ordenadamente.Tal vez no se llega a medir la trascendencia que para la seguridad tiene el compromiso de obediencia en el tráfico. La dura realidad muestra, a cambio, el grado de displicencia y de frivolidad que estamos alcanzando, tal como si la disponibilidad sobre un automóvil generase el ejercicio de derechos absolutos, como si las normas de tráfico careciesen de relevancia y no tuviesen otro valor que el de una mera recomendación o advertencia. Es por lo que creemos en la necesidad de cambiar radicalmente los comportamientos: ¿será posible? El tráfico precisa de los buenos usos de la urbanidad y de la cortesía para canalizar el instinto societario de la persona de modo que sirva al buen orden de la vida en comunidad. Otra cosa es entrar en el contexto de la radicalidad, de la aplicación del rigor y de la dureza. No ignoramos que el tráfico cuenta con usuarios incapaces de adquirir el sentido de obediencia, a los que sería preciso segregar de la circulación, pero esta es otra cuestión. Hoy nos quedamos por la ilusión hacia una -¿utópica?- revolución cultural-educativa que revierta positivamente en nuestro afligido tráfico.

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