Unos chicos muy honrados

| JUAN JOSÉ R. CALAZA |

OPINIÓN

23 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

ISABEL Martínez de la Torre, directora de la cárcel de Algeciras, declaró recientemente a El Faro Información que los presos de ETA, vulgo, etarras, son «honrados, cultos y se puede aprender de ellos». La señora directora, según fuentes solventes, no le añadió alcohol de madera al té antes de ser entrevistada. La honradez es rectitud de ánimo, integridad en el obrar; la honestidad, corresponde a la decencia o decoro, recato y pudor (RAE). Como decía el maestro Lázaro Carreter, la honra se mide de la cintura para arriba y la honestidad de la cintura para abajo. Probablemente, la señora Martínez de la Torre tenía en la punta de la lengua, pero le salió otra cosa, que los etarras no practican la zoofilia en prisión ni se entregan a bacanales concupiscentes, con ardor público y manifiesto. En consecuencia, hasta el mejor escribano puede echar un borrón, diré en descargo de la señora directora que confundió honestidad con honradez. Es intolerable, no obstante, que una funcionaria por oposición se trabuque hasta el punto de considerar que escribir «jódete, fulanito» en la casa de los familiares de las víctimas indique rectitud de ánimo, integridad en el obrar. Mas ese lapsus línguae nos permite entender mejor la personalidad de los terroristas, toda vez que despunta en ellos un tipo de asesino que algunas almas impresionables tienden a exculpar al adjudicarle un aura romántica, llena de equivocada pero santa honradez. Pues no, los etarras serán quizás honestos pero se han deshonrado hasta la más abisal abyección. Pueden ser honestos al no ser justiciables por enseñar las pudendas a los niños en los parques, pero no honrados, al asesinar niños. Desarmados. Y ancianos. Y mujeres. Y hombres. Y esto es todo lo contrario a la honradez, a la integridad en el obrar. Y si aun así la señora directora replicara que los etarras que ella trató han cambiado, y hasta pudiera ser cierto, habría que aplaudir las virtudes redentoras y reeducadoras de la cárcel. Con lo cual sería aconsejable que se les guardara unos cuantos años más en aras del perfeccionamiento hacia la honradez en el que al parecer destacan los etarras sobre otros presos. Además, también «son cultos y se puede aprender de ellos». Bueno, no creo que sean tan cultos como fue Goebbels ni se pueda «aprender» de ellos tanto como de Rosemberg o Carl Schmidt. Las élites nacionalsocialistas no estaban exentas del encanto de una exquisita formación literaria, filosófica, musical, artística, científica. Bajo los bombardeos seguían escuchando impasibles a Elisabeth Schwarzkopf cantando lieder, y haciendo gala de sensibilidad musical se estremecían de emoción cuando Furtwängler, que nunca fue nazi, o Von Karajan, que lo fue, dirigían a Wagner. Tampoco nadie imagina a los SS robando gallinas o escupiendo en el suelo. Pero sí a los muertos. Como los etarras. Unos chicos muy cultos, esos nazis, encantadores en el trato, de los que se podía aprender mucho y que siempre devolvían los libros prestados. No como los chorizos patilludos que le roban hasta las herraduras a un caballo al galope. Y sin embargo... En fin, aplicando un principio metodológico elemental, al situar a los terroristas dentro del espectro pertinente -universitarios, clases medias, hijos de padres de profesiones liberales, comerciantes o funcionarios- no es probable que sean más cultos que otros reclusos de las mismas características sociales e intelectuales. Que diría Watson, pero no la señora Martínez de la Torre. Va camino de ministra.