Acuerdo

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

SI AL FINAL todo acaba como parece, es decir, con la aprobación de la reforma del Estatuto catalán, todos debemos congratularnos y celebrarlo. Porque vamos a poder tomar cava catalán; van a dejar de darnos la tabarra con cuestiones técnicas que estaban a punto de ponernos de los nervios, y porque, al fin, el Gobierno va a poder dedicarse a lo que realmente nos interesa, que es a arreglar los asuntillos esos del desempleo, la sanidad, la inmigración, la vivienda, el terrorismo o la violencia callejera. Pero que por fin se cierre el acuerdo del Estatut nos viene de perlas. Y que se haga como parece ser que se va a hacer. Sin que se rompa España y sin que Cataluña inicie el camino de la independencia, como estábamos convencidos que iba a ocurrir. Porque ha sido tanta la insistencia en que España se iba al garete que uno respira aliviado cuando comprueba que los catalanes nos van a costar un riñón, que tampoco es nada novedoso, pero que España, lo que se dice España, va a seguir como hasta ahora. Que el Estatut no rompe nada, como nos habían dicho, lo reflejaron las caras de Acebes y Zaplana, tras conocer el acuerdo de aprobación. Demudados y con semblante de pensar ¿y ahora qué les cuento? Y, claro, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Que lo que contaron no se sostenía. Y tuvieron que insistir en que España ya no es la única nación. Y pienso yo, que tampoco es que piense mucho: si, según Acebes y Zaplana, el Estatut destroza España llevándola a su desaparición, ¿por qué Núñez Feijoo dice que Galicia no renuncia al mismo autogobierno que recoge el Estatut? Y ¿por qué don Manuel exige igualdad competencial con Cataluña? ¿Deberían ponerse de acuerdo, no? Aunque sólo sea por aquello de la congruencia.