Girasoles ciegos

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

CADA libro tiene un lector. Algunos, miles. Los girasoles ciegos (Anagrama) pasó por mis manos, entre la marabunta, y no lo leí. Me ocupé de otros hasta que caí en la fosa común de sus páginas. Va por la octava edición. Le han dado el premio nacional de narrativa y el de la Crítica. Su autor es Alberto Méndez, que falleció en el 2004. Aunque más que su autor, fue el médium. Ahora que perdemos con facilidad los papeles en Salamanca, nada como estas páginas para poner la guerra incivil en su asco. Son cuatro relatos reales, del fin de la guerra a la primerísima posguerra: sopicaldo en escudilla para una reata de presos. El primer relato ensombrece. El segundo, sobre un niño poeta que se queda sin versos, estremece. Son páginas de ceniza, ceniza de cadáveres calcinados por el tiempo. Frases imposibles de olvidar, como las batallas: «Creí que queríamos ganar una guerra, no conquistar un cementerio», dice un oficial. Es lo que sucede cuando de la discusión se pasa al insulto y se cargan las pistolas. Lo vivieron antes de ayer nuestros abuelos y padres. Este libro es un testamento. Se debería recitar en las escuelas en vez de tanto Estatut y asonada. Se lee en este tomito: «Infame turba de nocturnas aves». cesar.casal@lavoz.es