HUBO UN TIEMPO en el que los hijos llegaban con un pan debajo del brazo, y si lo hacían en tropel, Franco añadía la cartilla de ayudas por puntos y categorías, y en los casos más fecundos, un premio nacional. Después, al tiempo que la Constitución, llegó la progresiva esterilidad. Con medios anticonceptivos accesibles y las relaciones familiares hechas unos zorros, las parejas comenzaron a dejar de reproducirse. Los niños deberían venir un con máster debajo del brazo o si no, nada; además exigían casi treinta años de oneroso sustento, contestación cultural y guerra civil hogareña garantizadas, angustias ante las eternas noches de rock y botellón y reiterada frustración porque no todos serían los primeros de la clase. En fin, una penosa apuesta plagada de sobresaltos y riesgo. Además, tendría que haber suerte con la pareja, asumir juntos la pesada carga, al margen de vaivenes profesionales y azares emocionales. Demasiadas coincidencias. La natalidad se ha hundido y las voces que clamaban en el desierto, como de la don Manuel, por ejemplo, fueron descalificadas por nostálgicas del pasado. Y lo eran, por supuesto, pero lo que nadie esperaba es que sus críticos se reconvirtieran en pronatalistas una vez en el poder. Como Touriño y Quintana, que ahora quieren fomentar la natalidad, que el pueblo sea feliz y se reproduzca como es debido, mejor en clave modernista y con talante, trayendo a Galicia niños políticamente correctos, cultos, líderes, continuadores del cambio y contribuyentes para las cotizaciones sociales de las generaciones perdidas que ahora envejecen; amén de supervisores de los inmigrantes que cuidarán de la chochez de sus ancestros en casa propia o residencia ajena. La gran innovación de la Xunta es la oferta de canguros para relanzar la crianza. Las chicas podrán seguir sus cada vez más brillantes carreras competitivas y los chicos continuarán sin arrimar el hombro y afanándose por aguantar el empuje de sus colegas. Un mundo feliz como diseñaría Huxley. Pero ¿cómo serán los y las canguros?, ¿cuánto costarán?, ¿serán expertos en pedagogía y traumas de la infancia?, ¿acunarán en gallego o castellano?, ¿dominarán las artes y las lenguas como las institutrices de élite? ¿O se les dará el salario mínimo, sin más exigencia que las cuatro reglas, el gallego y manejo de electrodomésticos? A ver si habrá que instalar cámaras ocultas para vigilar a gente frustrada y sin cualificar. Ya no quiero pensar que el proyecto seleccione a los canguros según afinidades políticas, pero es de temer un modelo de clientelización partidista para personas sin vocación y carentes de mejor ocupación. Sería preferible ahorrar el gasto y el impuesto subsiguiente, que los gobernantes y las gobernantas se hicieran prolíficos padres de la patria gallega y dieran ejemplo criando a una numerosa prole. Porque si ellos no lo hacen, a pesar de tener suficientes canguros a su disposición, ¿por qué tendría que hacerlo el resto del pueblo?.