Los riesgos de la demagogia

OPINIÓN

AHORA que se escriben tantos libros sobre la República, la Guerra Civil y el franquismo, echo en falta un monográfico sobre la demagogia en esas etapas. Porque fue la demagogia la que sepultó la realidad y socavó toda autoridad. Contaba Edgar Neville que un día se lo comentó a Manuel Azaña en el Parlamento y que éste le respondió que no se podía luchar contra eso, que no se atrevían, quizá porque hacerlo podía ser aún peor. ¿Peor que qué? ¿Es que podía pasar algo peor que lo que pasó? La demagogia es la que convierte la política en el arte de engañar a los ciudadanos, es la que transforma a los partidos en la locura de muchos para provecho de unos pocos, y es finalmente la que daña o destruye las formaciones políticas y la propia democracia. Por ello debería estar prohibida, si esto fuera posible (que al parecer no lo es, como se ve). Escribió Alfred de Vigny que un diputado, antes de subir a la tribuna, debería hacer examen de conciencia y preguntarse: «¿Es pura mi intención, exenta de egoísmo, carente de miedo y consagrada íntegramente a la humanidad? ¿Me hallo en estado de gracia ante mi nación? Sí. Entonces puedo subir y hablar». Parece un chiste, ¿verdad? Incluso suena ridículo y mojigato. Sin embargo, no se me ocurre ninguna fórmula mejor para reducir las peligrosas cotas que ha alcanzado la demagogia entre nosotros y en particular en nuestra vida pública. Repasen las declaraciones y descubrirán, aún antes de entenderlas, la intención con que se han hecho. Nuestros políticos han entrado en campaña (ya sin excepciones) y amenazan con ensombrecernos hasta las pocas páginas que teníamos claras. ¿Qué sabemos a estas alturas de los riesgos del Estatuto catalán o de la cuestión vasca? Puede elegir usted la versión que quiera, pero no tendrá ninguna seguridad de haber acertado. Así va surgiendo un peculiar desánimo que, a fuerza de retroalimentarse, adquiere peligrosos visos. ¿Por qué se han puesto tantos a cavar brechas con tanto denuedo? Es una pregunta legítima y ya coral. No nos merecemos esta sensación de que las cosas pueden ir mal, cuando la mayoría creemos firmemente que pueden ir muy bien. Ojo con la demagogia, que puede hacernos embarrancar.