Alberto Núñez pide paso

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

LAS PREVISIONES para este comienzo de legislatura decían que el PP iba a entrar en una grave crisis provocada por la sucesión de Fraga y por el mono de poder que debe hacerse sentir después de cuatro legislaturas con mayoría absoluta. Y, como contrapunto de ese poder en retirada, también se decía que los partidos coaligados iban a disfrutar de una oportunidad de oro para afianzarse en la Xunta, para encandilar con su cambio, y para adquirir la experiencia de gestión y la madurez política que todavía les falta. De esta manera, pensábamos, podrá cumplirse en Galicia el proceso de aireación y renovación del poder y de la Administración -entre cuatro y ocho años- que le da vida y sentido a la democracia. Pero es evidente que ese guión no se está cumpliendo, y que, mientras el PP cierra su crisis a una enorme velocidad y con una perfección admirable, el Gobierno bipartito empieza a dar la sensación de estar bloqueado por una dispersión de objetivos y por una desaforada competitividad política y gestora, de carácter interno, que nadie se esperaba. Es cierto que el corto tiempo transcurrido desde las elecciones no ha sido suficiente para modificar las previsiones del cambio. El PP sigue siendo la oposición, y la coalición PSOE-BNG sigue ganando la dulce visibilidad de una clase política emergente y la idea de normalidad institucional que les era muy necesaria. La etapa fraguista sigue perdiendo enteros y ganando críticas acerbas en la opinión pública y en todos los círculos donde se saben evaluar los errores cometidos y las oportunidades perdidas. Pero nadie puede negar que el PP ha iniciado su camino de vuelta, y que la luna de miel entre Galicia y el cambio toca ya a su fin. Alberto Núñez está acertando en todo, incluido el nombramiento un tanto sorpresivo y genialmente medido de Alfonso Rueda. Y a donde no llegan sus decisiones -fortuna e virtù- llega la buena suerte de un político joven que entra en la sucesión como un técnico y sale de ella como un líder consagrado e indiscutible. Y eso hace que los viejos problemas del PP -ruralismo, clientelismo, baltarismo y cacharrismo- se hayan convertido en simples anécdotas para un proceso que ya apunta a las elecciones municipales y a una estrategia de cerco a Rodríguez Zapatero que, si resulta escasamente estética e imaginativa, y provoca la deserción de los más politizados, está demostrando una eficacia que nadie le reconocería hace sólo seis meses. Por eso, si yo fuese Touriño, tocaría a rebato, pondría orden y concierto en mis filas, y decretaría finiquitado el período de brillantez, discursitos y oropeles. Porque Alberto Núñez, en sus días de máxima gloria, está pidiendo paso.