Antes. En la calle, en marzo del 2004 había tres problemas capitales: la vieja amenaza de ETA (muy tocada) y el nuevo y nihilista terrorismo islámico; el frente del empleo, donde la batalla iba encarrilada; y la gestión de la llegada masiva de inmigrantes. A nivel más emocional, había otros dos problemas: el tono sobrado del último Aznar, que crispaba, y las tropas españolas en Irak. Ahora. La amenaza terrorista sigue, aunque está siendo bien conjurada. El paro anda casi igual. Los soldados se fueron de Irak, pero patrullan en Haití y Afganistán. Los inmigrantes continúan llegando (y además Marruecos los machaca) y la crispación aturde. A mayores, el nuevo talante ha resucitado tres problemas de museo: el ruido de sables; el temor a que el Estado se despiece y los rancios odios cainitas de la Guerra Civil.