TODOS los años se celebran, resucitan o conmemoran efemérides que tenemos, a veces sin gran razón, por señeras. El que acabamos de enterrar fue el Año Internacional de la Física, y habrá en su momento, no lo duden, el año Di Stefano. El que despunta corresponde al aniversario del nacimiento de Freud -van de ello ciento cincuenta y me pregunto qué importancia puede tener- y al de Mozart, hace doscientos cincuenta y miles de botellas de champaña. Porque si hubiese bebido cava no hubiera sido quien fue. ¡Ah, Mozart! Palabras mayores. Un amigo mío que entiende del asunto y tiene sus mismos ojos sabe que puso en orden un sueño etéreo y como un ideal del más allá. Es también lo que opinaba Cioran, que culpó a Beethoven de haber enviciado la música al introducir en ella su estado de ánimo y mal carácter. Pero lo más importante es que Mozart nos otorga a los parias sin confesión una dulce sensación de revancha. La misma que deben sentir las apasionadas amas de casa derrotadas por la vida al saber que Gary Cooper está en el cielo. Pero ¿revancha de qué o sobre qué? Pues yo, gracias a Mozart, me vengo silenciosamente de la mentalidad aldeana. Que tanto daño nos hace. Porque, si bien se mira, una de las taras de nuestra época es el mal gusto espiritual que invade todos los ámbitos y que impregna de aldeanismo la política y la cultura (Diccionario de la RAE, Aldeanismo , en su segunda acepción: «Tosquedad o estrechez de espíritu atribuida a una sociedad muy reducida y aislada»). Ahí andan, para probarlo, los paletos criptofascistas imponiendo antidemocráticamente que los exámenes sean en el idioma que les sale a ellos de sus muy enxebres narices aldeanas. Y ahí está la alta autoridad regional apoyando candidaturas al Nobel -no recuerdo si a Beiras al de Economía y a Calaza al de Literatura, o viceversa- por méritos de guerra. Sucia. Pero ¿no será políticamente incorrecto hablar de aldeanos habida cuenta del prestigio que goza la aldea y de la sensiblera connotación del término y lo mucho que velan por él sus ofendidos hagiógrafos? La aldea ha ganado desde antiguo tal predicamento que en su honor hasta se han compuesto zarzuelas («¡Mi aldea! ¡Cuánto el alma se recrea?al volverte a contemplar!»), por no mencionar la ingente literatura que la ha ensalzado. Literatura de ociosos que ven en su inmovilismo la razón de su placer. Y de su poder. Por supuesto, nada más noble y digno de respeto que el campesino, que con sus manos alumbra las silenciosas cosechas, o el diestro marinero, domador del irisado tornasol de la sardina en la ardora. Y muy mala fe tendría quien viera en mi intención desmitificadora desprecio o burla de su trabajadora condición. Por el contrario, la más cara cachemira, la seda más suave y mejor cortada, el diploma de la mejor universidad no garantizan que estemos ante una persona culta si su espíritu está embrutecido por una sensibilidad tullida que los mismísimos hagiógrafos de la aldea sacan a relucir para insultar, llamando pailáns o pailarocos a quienes no piensan como ellos. En Mozart no cabe el chantaje afectivo del aldeano que toca mal y se lamenta bien. Pero que é dos nosos. Mozart reduce a cenizas toda la bronca petulancia del matonismo aldeano, inquisitorial y prepotente, y nos surte a los castrati cosmopolitas con las llaves de la esperanza. Y no sabría decirles bien por qué pero cuando escucho a Mozart, y aunque sé que no es así, tengo la impresión que, al estallar de generosidad sus acordes, los pailáns desaparecen cual vampiro ante ristra de ajos. Lo suyo es dar la gaita.