«LA MAYOR vanidad que hallo entre los hijos de la vanidad es que, no contentos con ser vanos en la vida, procuran que haya memoria de sus vanidades después de la muerte». Así empieza el prólogo que fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, escribió para su Libro áureo de Marco Aurelio, dedicado a Carlos V. Una auténtica joya de erudición e inventiva que deberíamos repasar cada año, como hacía Cunqueiro, para bien de nuestros saberes y pareceres. Porque si Antonio de Guevara tenía razón hace casi medio milenio, imagínense ustedes la que tendría en nuestros días, a la vista de cómo se comportan politiquillos, escritorzuelos, grandes hermanos y pequeños triunfitos. «¡Cuántos y cuántos se someten a los vaivenes de la fortuna sólo por dejar de sí alguna memoria!», se admiraba el ilustre y sabio prelado de Mondoñedo. Y yo no encuentro palabras para rendirme ante la entereza de su criterio y el desprendimiento de vanidades con que se manifiesta. Después de leerlo, es difícil no mirar alrededor y sentirse en un mundo menguado y cainita. Por eso no estoy seguro de que hayan sido buenos estos días libres, en los que hemos podido hacer extrañas lecturas. ¿Cómo volver ahora a la realidad sin desazonarse?