NOS DESCONOCEMOS de tal manera que ni siquiera los pueblos de la áspera y espléndida España, que diría Mauclair, se conocen. ¿Cómo, pues, van a entenderse? Y, efectivamente, no se entienden. Es de recordar a estos efectos un episodio que descubre la entraña amarga del ser español. Andaba el que suscribe peregrinando por las tierras de la España múltiple, cuando di, o por mejor decir, me dejé caer por enclaves del sur, tan resonantes y coloristas que incluso un viajero tan desatento como yo se dejó prender por sus encantamientos. Y di con la bellísima tacita de plata gaditana, tan esbelta, tan fina de línea, tan apasionada de lenguaje que se le olvidan las letras de los nombres en el camino, cuando cumpliendo el protocolo fui presentado como un habitador de las culminaciones del frío, León. Y preguntó asombrado el interlocutor: «¿Y ese pueblo hacia dónde cae?». Respondiendo el chambelán: «Cae por las Asturias». O sea, que la pista que cabía aplicar era la del perfecto ignorante de la entrañable geografía española. Es evidente que no nos conocemos los unos a los otros. A lo sumo hemos oído hablar de su historia y posiblemente hasta de su folclore, lo que acredita y amplía el grado de desconocimiento. Y esto es grave. Porque en nuestro vacío cultural, en nuestro desconocimiento absoluto de la tierra en la que vivimos y convivimos a pesar de todo, trazamos perfiles corrosivos del país, de la porción de las Españas, que no responde ni a la realidad ni a la necesidad. Convencido de esto, hubo un tiempo gubernamental en el cual se decidió abrir puertas, romper cerrojos de clausuras y establecer cursos viajeros para el correcto conocimiento de España. Se establecieron grupos viajeros formados por gente de la cultura, más o menos comprometida en la aventura. Y fruto de esta operación tierras tan encerradas en sí mismas como Galicia, León o Castilla fueron descubiertas y proclamadas. Vivimos o nos viven tiempos de quebrantamiento de fronteras, de separación de bienes de consumo, de tergiversación de derechos. Tiempos en los que los más ávidos pugnan por quedarse con cuanto tocan sus límites tradicionales provocando reacciones belicosas. Y una de dos: o moderamos nuestros ímpetus de posesión y de mando dedicando algo del tiempo al acercamiento de los pueblos para su mejor conocimiento, o acabaremos en un conjunto de reinos de taifas destinado a ser ocupado por los auténticos bárbaros, que no son ¡ay! los inmigrantes, sino los primos hermanos. Y es que para amar a un país hay que conocerlo.