Cuatro errores y un general

OPINIÓN

EL INCIDENTE ocurrido en Sevilla durante la Pascua Militar no se agota en el discurso que levantó el escándalo, sino que pone en evidencia la existencia de cuatro errores muy graves, de los que sólo uno corresponde al general Mena Aguado. Los otros tres son del Gobierno o de la Casa Real, y no basta con cesar al jefe de la Fuerza Terrestre para que el desaguisado quede resuelto. El general Mena asumió un papel que no le corresponde, y en su referencia a la función constitucional del Ejército implicó un hecho político que queda fuera de su competencia y exorbita su responsabilidad. Por eso hay que cesarlo de forma fulminante, y dar por zanjado el primero de los cuatro errores a los que hace mención el título de este artículo. Aunque también hay que preguntarse hasta cuándo va a ser posible que cualquiera hable en el nombre del Rey sin que el Gobierno redacte los discursos y haga al ministro correspondiente responsable de lo dicho. Porque las delegaciones regias se están convirtiendo en este país en la casa de tócame Roque. Pero lo que dijo Mena lo dice la Constitución, cuyo artículo 8 nos convierte en una democracia tutelada. El hecho de que hayamos resuelto ese problema con una lectura benévola y progresista no quiere decir que no sea lícito leerlo de la forma literal y sobre el contexto de presión con el que fue escrito, bajo la atenta mirada de un Ejército lleno de golpistas. Y por eso clama al cielo que se esté planteando una reforma constitucional que, a base de cambiar los inválidos por los discapacitados, y de asegurarle la Corona a Leonor, deje sin tocar el artículo 8, mantenga la pena de muerte, aunque la haya suspendido el Código de Justicia Militar, y establezca la irresponsabilidad del Rey en forma de inmunidad absoluta. Así que, si queremos ser serios, ¡Zapatero a tus zapatos! El tercer problema es el propio órdago planteado por el Estatuto catalán, que, con una imprudencia y una chapucería lamentables, crea el ambiente para que sucedan estos hechos de corte bananero. Si vamos a tomar la Constitución como cartilla, no vale forzar las lecturas benévolas e interesadas en una sola dirección. Porque si unos la leen por límite externo de la confederación, a los otros no les dejan más remedio que leerla por el borde exterior de la España «una, grande y libre». Y, por último, seamos sinceros. Lo que hizo José Mena en Sevilla, de forma brutal y explícita, es lo mismo que hace Bono todos los días cuando, rodeado de gorras y charreteras, ritualiza un discurso militarista sobre la fuerza de la Constitución y la unidad de la patria. Mena es el dedo que señala la Luna, y sería de imbéciles, dice el refrán, mirar sólo para el dedo.