AQUELLOS críos guapos, menores de edad, sonreían como ángeles mientras quemaban a una mendiga a las cuatro y media de la madrugada. Me han impresionado las caras de niños buenos, bien criados, que salen en el vídeo del cajero automático. ¿Y qué me dicen del tren Lyon-Niza en su accidentado trayecto de Año Nuevo? Unos cuantos chavales distribuyeron sobredosis de terror, con palizas, robos y violación. Hubo que parar el convoy y muchos de los pasajeros aprovecharon para huir. Lindo. No tanto, claro, como esos más de ochenta mil abortos, una ciudad entera, casi todos amparados en la salud psíquica de la madre, y tras infinitas campañas de póntelo y pónselo, pastillas de antes y de después, artilugios varios que sólo han servido para fomentar la promiscuidad y disparar los embarazos adolescentes y los abortos. Para explicárnoslo siempre cabe recurrir a lo de: «Ya pasaba antes, lo que ocurre es que ahora nos enteramos». Aplican esta falacia, sobre todo, a la violencia doméstica, que arranca el año con récord nuevo, pero también a lo demás. Como no nos gustan las consecuencias, pero sí las causas, respondemos como si nada tuviéramos que ver con nuestros monstruos. josefrancisco.sanchez@lavoz.es