NO SE TRATA de alabar o criticar la figura de este líder israelí, sino de destacar lo que significa su retirada de la política. Sin su presencia activa el proceso de paz árabe- israelí volverá a quedar empantanado, y como en los temas estratégicos no hay detenciones, si no se avanza, se retrocede. La paz y la convivencia largamente buscadas para que esa región de Oriente Próximo que alberga el corazón espiritual de las tres religiones monoteístas y es también el centro de gravedad de Oriente Medio que tiene las mayores reservas de petróleo, puede entrar nuevamente en un período de mayor conflictividad. Son muchas las cuestiones pendientes que se iban encarrilando hacia posibles soluciones, siempre con las amenazas de romper el juego difícil del acuerdo: con los palestinos, cuando los grupos terroristas rompen la tregua; con Siria, alterada por su influencia en el Líbano; con Irán, cuyo presidente proclama la destrucción de Israel; con Irak y Afganistán, en pleno proceso de reconstrucción. Sólo un líder de la fortaleza y prestigio ante su pueblo como Sharon podría continuar el camino de la pacificación tan difícil. Ahora, probablemente Israel se cerrará en sus posiciones de fuerza para recomponer la situación de debilidad post-Sharon que amenaza a su supervivencia. El tímido pero valiente movimiento para entregar a los palestinos sus territorios puede quedar paralizado. Quienes buscan la destrucción de Israel encontrarán así motivos para volver a las agresiones de uno u otro modo. En ese caso el mundo se verá nuevamente sometido a una situación más propia del siglo XX que creíamos ya superada.