Morralla

JUAN J. MORALEJO

OPINIÓN

HACE COSA de siglo y medio el poeta americano Emerson aconsejaba no leer ningún libro que tuviese menos de un año; se publicaba poco entonces, pero parece que el poeta ya se olía la industria del premio literario, el chaparrón del boom , del best seller y de toda esa faramalla del exitazo y de la revelación y de la rabiosa actualidad que al cabo de unos meses están de más hasta en la papelera. Y a Emerson lo completa muy bien lo que dijo El Otro -¿y qué no habrá dicho El Otro?-: «Cuando se publica un libro nuevo, léete uno viejo», un sanísimo consejo que viene muy a cuento para juicio previo, pero no prejuicio, sobre una diarrea libresca que se discurre o programa con todos los latiguillos, tópicos, patrañas, etcétera, que gustan a un cierto tipo abundante de lectores. Una vez más habrá que contraponer dos viejas recetas: la de Horacio en su rechazo de la vulgaridad profana y la otra, manipulada para este folio, la de Lope de Vega en que si paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto. Siempre que voy a librerías bien surtidas en lo mío, agradezco la plétora de novedades y trapalladas, bodrios y vaciedades que le permiten al librero tener además eso mío a la venta. Un terreno indiscutible para lo que digo es el mundo de los celtas: por cada Chadwick, Green, Hubert¿ que debo comprar y leer hay una docena de estropicios vacuos para darle gusto al profano por donde le mola y dejarlo profano irreversible para siempre, pero con diploma de enterado, además de vibrante y encandilado, que es a lo que realmente iba. Mis autores son de poco negocio, pero no se quejan de la competencia, pues gracias a ella consiguen levantar cabeza y pillarnos a mí y un par de pardillos más. Pero lo peor está en la terquedad del exitazo para la receta de manipular unas cuantas memeces de audiencia garantizada. No le cobro comisión, amigo lector, por este guión que le brindo ¡anímese!: María Magdalena, despechada por el poco éxito que tiene en tentar a Cristo, se retira al desierto de Arizona y allí conoce a un falso ermitaño que en realidad es de la CIA y está vigilando si los Templarios pasan información a la Soberana Orden de la Cimitarra Dodecafónica que preside un extraterrestre, pero disfrazado de Ayatolah das Mariñas. En esto aparecen por el horizonte los tártaros, los mongoles y los hunos, que son todos del Opus, pero el ermitaño con su móvil disimulado bajo los hábitos llama al Pentágono, que también es del Opus y que envía un batallón de marines que, haciéndose pasar por druidas galos al mando de Breogán, engatusarán e inmovilizarán a todos los invasores con un recital de música celta étnica 100% y la pócima mágica de Mandacarallórix. Al final el Vaticano reconoce que todo lo ocurrido era un plan secreto suyo, tan secreto que ni siquiera Bush, Blair y Aznar tenían noticia de él. Y el autor se merienda veinte ediciones en premio a sus servicios a la Literatura, a la Historia y al Progreso de la Razón Humana. Y amenaza con continuar.