LA VICTORIA abrumadora de Evo Morales en Bolivia ha despertado la esperanza en las filas de una izquierda europea siempre dispuesta a apadrinar revoluciones en países iberoamericanos, aunque sea a costa de la propia democracia que lleva al poder a sus patrocinados. Nadie discute la indiscutible victoria de Evo Morales -es de cajón-, pero sí debiera discutirse acerca del boicot a que sometió a los anteriores líderes democráticos bolivianos, paralizando el país y convirtiéndolo en ingobernable. Porque fueron sus acciones de hostigamiento implacable (huelgas, cortes de vías públicas, oposición a la comercialización de hidrocarburos, etcétera) las que acabaron por convertirlo en la única esperanza para salir del marasmo que él mismo creó con tanto tesón. ¿Hay motivos para alegrarse? Sin duda. Ganó el único que podía ganar, y esto es bueno a corto plazo, aunque pueda no serlo tanto para una democracia que, previsiblemente, afrontará serias adversidades. Hay una vieja izquierda europea (su paradigma fue Mitterrand) que se alegra siempre que gana -no importa cómo- uno de sus caudillos iberoamericanos (uno que no desearían en sus propios países). Ocurrió en el pasado y vuelve a ocurrir ahora. Y de esto no tiene la culpa Evo Morales. Dicho lo anterior, cumple alabar al Gobierno español por inscribirse entre los primeros en invitar y recibir al nuevo presidente electo de Bolivia. Zapatero ha hecho lo que hay que hacer, porque nada de lo que ocurre en Iberoamérica nos es ajeno. Más allá de las pasiones que levanten unos u otros resultados electorales en los países de la América hispana, está la realidad de una historia y unos genes compartidos, de un idioma y de una cosmovisión que nos unen. Todo ello sin hablar de los intereses económicos, que también pueden ser compartidos y favorecidos, sin que tengan que ser objeto de confrontación. No por recibir a Evo Morales se convierte el Gobierno español en valedor de Fidel Castro y de Hugo Chávez. No. A Evo y a Chávez los eligieron sus respectivos pueblos y a Castro lo padecen los cubanos. A nuestra política exterior le corresponde garantizar la armonía y la concordia con esos pueblos. Es el buen camino.