Los carromateros

VICTORIANO CRÉMER

OPINIÓN

LA CARRETA rechina ostensiblemente. Ya para nadie es un secreto. Y esto contribuye a que el clima se haga incómodo, amenazador y letal. El carretero que va en el carro vigila los ejes y se persuade de que el motivo de tan ingrata señal puede ser la falta de estímulos, de atenciones, de aceite. Está seco el cubo de la carreta y los ejes parecen clavarse en el polvo del camino. Cuando llueve, las ruedas se hunden en el charco y el carromato se tambalea. Se oye el lamentar coral de los arrieros: «Esta noche ha llovido/ mañana hay barro./ ¡Pobre del carretero/ que va en el carro...». Se cierne sobre los toldos la tormenta, pero alguna fuerza sobrenatural impide que ésta descargue y añada una dificultad mayor a su grave quebranto. Entremezclada salta la blasfemia nacional, la blasfemia ayudadora, mezcla de coraje e impotencia. La blasfemia es para el hombre de caminos perdidos, la oración de los amenazados, de los incapaces. Se jura mirando al cielo fijamente y mordiendo las palabras. La tralla se convierte en un rayo negro, seco y sin eco. España es tierra de carromateros piadosos o miedosos y cuando el carro nacional rechina, zozobra o se hunde en el fango, se abandona a la desesperación y se entrega al ejercicio vengativo del insulto. Será inútil que los más piadosos observadores de la tribu, los ingenieros de los caminos rotos, intenten consolar al triste. Porque en el fondo de su aventura, para el carromatero no hay consolación posible. Y sigue enhebrando rabias, exabruptos y menciones agresivas. La carretera de España rechina. Y desde la dirección de la carreta, en lugar de buscar el modo de sacar del apuro a los animales del yugo, mediante medidas racionales, se entrega a la fórmula del insulto, porque piensa y teme que tanta desventura no puede tener remedio mientras el carromatero no corrija rumbos o revise la situación real de su carreta. Desde la altura iracunda de sus pescantes, lanza la denuncia: «No se entiende cómo se le puede tolerar tanta incompetencia, da la sensación de proceder a impulsos de la gran derrota: convirtiéndose en un carromatero de hojalata». Y aquí comienza el intercambio de barbarismos de carreta: «Tampoco yo estoy seguro de que sea capaz de abandonar la tralla del castigo por el cuidado profesional. Y en verdad, en verdad le digo que para rodar sin dificultades extremas, es más peligroso un bobo solemne que un carromatero civilizado». La carreta rechina. Ni hay caminos ni se hacen caminos al andar, porque aunque se consiguieran rutas serenas, la mala conciencia de los carromateros acabaría convirtiendo la ruta en un camino de agonías.