ENCOGIDOS por el violento cambio de temperatura, convertidos en una especie de edificio vivo que protege un cigarrillo, ayer pudimos verlos en la calle consumiendo parte de su jornada laboral alrededor de una ley que no les gusta aunque en las encuestas mientan descaradamente. Son los fumadores a lo que hoy les toca la misma rutina: «¿Quieres fumar? Pues a la calle. Y no te retrases». La semana que viene se sentirán mejor porque habrán notado que les sobran cigarrillos sobre los que habían fumado la semana anterior. Y así sucesivamente. Es posible incluso que, una vez que olviden la afrenta de la prohibición, empiecen a pensar que, ya metidos, tal vez podrían ser capaces de dejarlo del todo. Lo peor que les puede pasar es ganar dinero y salud. Al fin y al cabo, es todo una rutina.