LAS FIESTAS de la Nochevieja y del Año Nuevo suelen o solían auspiciar un ritual tan introspectivo y privado como el de cuadrar y ajustar el estado más íntimo de las cuentas, para elaborar a continuación un catálogo más o menos llevadero de buenos propósitos a cumplir en el año entrante. Por debajo de ese mecanismo se agitaba o agita el deseo no tanto de ser otro, para el que a todos nos falta información, como el de no ser el mismo, para el que nos sobra. Y aún más profundamente subyace la idea de que esa transformación traiga consigo prosperidad. En los tiempos del hombre primitivo, que no se fiaba tanto de sí mismo y se fijaba mucho más en la naturaleza y los bichos que, junto con él, la componían, la prosperidad tenía menos que ver con el deseo que con el instinto que hermanaba la suerte del hombre con la de quienes con él vivían. Los indígenas de Centroeuropa quemaban resina en Nochevieja para espantar a las brujas, y armaban con cuernos y cencerros unas escandaleras de todos los demonios para ahuyentar a los malos espíritus. En la isla de Man, así como en otros reductos considerados de auténtica raigambre celta por los expertos, los aldeanos prendían hogueras en lo alto de los picos y guardaban silencio inmóviles alrededor del fuego hasta verlo consumido en las cenizas cuyas líneas y trazos podían ser los del destino. Si algún animal pisaba esas cenizas, una vez abandonadas y frías, las huellas de sus pisadas también encerraban el dibujo de una profecía. Algunos orientalistas aseguran, por otro lado, que el origen de la escritura hay que buscarlo en las huellas dejadas en una sábana blanca por una garza que venía de pasear por el barro. Hay chinos que al llegar el Año Nuevo construyen estatuas de arcilla rellenas de cebada o arroz, que revientan a palos para escrutar entre sus escombros la clave de lo que el año traerá consigo. En la cuenca del Amur, tosca como ella sola, los vecinos organizan destacamentos en busca de un oso al que llaman a gritos. Casi nunca lo encuentran, pero el día de Año Nuevo en que un oso responde y sigue mansamente al que lo llama, marca el comienzo de un año de venturas. Los celtas de Breadalbane hacen algo parecido, aunque al revés. Atraen a un perro con un mendrugo y luego lo espantan al grito de «¡Largo de aquí, so perro! Y llévate contigo las desdichas de los vivos y toda la inquietud de los muertos». Otros celtas repiten el ritual del oso, pero con vacas. Se dan a correr por los prados gritando los nombres que les da la gana. Si encuentran una vaca que los atienda y siga, entonces el año será de prosperidad. No es tan fácil suponer los que piensan los animales de estas cosas.