ACLARACIÓN previa y necesaria. Un servidor no fuma. Conviene dejarlo sentado para que luego no vengan diciendo que se mueve por intereses personales. Un servidor no fuma porque ya ha fumado todo lo que tenía que fumar en esta vida. Y un servidor considera además que abandonar el tabaco ha sido una de las mejores decisiones de su existencia. Así que un servidor no puede ser acusado de moverse por interés personal. Hecha la aclaración, vayamos al asunto. A un servidor, como a la práctica totalidad del país, con la excepción de los dieciséis talibanes del humo, le parece una soberana gilipollez, que diría el admirado don Camilo, la prohibición de fumar donde a uno le venga en gana, siempre que no moleste a su adversario. Porque no vamos a discutir ahora la imposibilidad de hacerlo cuando puede afectar a otro. Pero es que la nueva prohibición entra a saco en nuestra intimidad, que ya es de lo poco que nos quedaba aprovechable. Porque este Gobierno del buen talante, y la señora ministra de Sanidad, que está más aburrida que un santo porque a la pobre la han dejado sin competencias y tiene que justificar el salario, no duda en atacar la intimidad de sus ciudadanos. Así como suena. Y sin lógica. Porque yo puedo meterme tres botellas de güisqui al día, pero no un par de pitillos. Porque me lo impiden el señor presidente y la señora ministra. Otro ejemplo. Yo tengo que soportar vivir en el país europeo que más incumple los objetivos de Kioto y no puedo echarme unas risas y un puro con mis amigos, en mi lugar de trabajo, que es individual. Y es que, como mucho de lo que deciden y hacen, esta prohibición no se sostiene ni con andamios. Porque si realmente el señor presidente está preocupado por nuestra salud, pues prohíbe directamente la venta del tabaco, arregla la sanidad y no permite que respiremos veneno. Así de fácil.